Perdón Venezuela por no elegirte para viajar

Todo esto de viajar a Venezuela empezó con un mail que de asunto decía “Países de América” y contenía una lista de 35 países copiada en Wikipedia pegada en el cuerpo del mail sin texto alguno. La cadena sucesiva fue la siguiente: 

Un buen desafío sería poner un pie en cada uno!
Si si. Claramente! Por eso te lo envío!!!
Me encanta el desafío!!

Fue el 21 de julio de 2014, mientras cada uno estaba en su trabajo, pero justo una semana después de haber fijado la fecha para el comienzo de nuestro nuevo estilo de vida

Nuestros pensamientos ya estaban enfocados en ese día -el 8/03/15- y, desde el día de esa conversación virtual, en imaginar un posible recorrido para cumplir ese deseo de atravesar todas las fronteras del continente hasta llegar a Alaska.

Rápidamente descartamos a todas las islas del Caribe y las Antillas; no nos imaginábamos navegando por el Océano Atlántico. Pero ya estaba definido: los países continentales sí los íbamos a pisar todos.

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Poner un pie en cada país de América 

Empezamos por Uruguay, luego sur de Brasil y de ahí a Paraguay. Tocaba ir al oeste para pasar por Chile. Empezaríamos a subir por Bolivia. Como en parte de Perú ya habíamos estado en un viaje previo, volveríamos a Brasil para seguir al norte por el Atlántico y asegurarnos llegar a las Guyanas. Así dejábamos para después la región de la Cordillera de los Andes. Íbamos a volver al occidente por el Amazonas hasta el norte de Perú. Luego, quedaría entrar a Ecuador, posteriormente atravesar Colombia y, por último, viajar por Venezuela.

El plan tentativo cambió muchas veces. Sabíamos que iba a cambiar pero no imaginábamos que no íbamos a cumplir nuestro desafío. El 3 de marzo de 2020 terminó la etapa de viajar por América del Sur que duró 5 años, con momentos de pausas e idas y vueltas a Argentina, e incluyó un recorrido por casi todos los países; el único en el que no estuvimos fue Venezuela

Con mucho dolor aceptamos que la etapa de viaje por América del Sur la terminamos sin cumplir nuestro desafío de poner un pie en cada país. No se trata solo de que no vamos a viajar por Venezuela y llenarnos de Caribe, de selva y de sabana, de ríos y cascadas, de montañas y tepuyes, sino que no vamos a ir a visitar a los venezolanos a su casa. Por eso les pedimos perdón.

Viajar a Venezuela

Nuestros amigos Carol y Juan, de Viajando por un Sueño, viajaron a Venezuela a principios de 2017. Ellos hicieron un itinerario similar al que habíamos imaginado cuando nosotros también evaluábamos ir. ¿Y qué pasó en ese momento? El presidente Nicolás Maduro pasó a concentrar el poder legislativo porque el Tribunal Supremo dictaminó que el parlamento no tenía más competencias. (¿?) Sí, cosas que pasan en Venezuela. Y durante los siguientes meses todo se volvió más complicado y en nuestro interior nos dijimos: “Menos mal que no fuimos porque quizá no hubiésemos podido salir en el momento que queríamos hacerlo”.

Carol y Juan se animaron a viajar por Venezuela en ese momento y la recorrieron, como pudieron, durante cinco meses. Fueron “testigos de un momento histórico”, dicen nuestros amigos. 

Hilton Peña, un viajero chileno, con el que estuvimos en contacto por mail para pasarle información de las guyanas también viajó por Venezuela. Fueron varios meses de viaje a fines de 2017 y principios de 2018. Mientras estuvo allá, seguíamos día a día sus redes sociales para empaparnos de la cotidianidad venezolana desde su mirada de extranjero. “Este país tiene demasiadas bellezas naturales que ofrecer y gente que no se rinde un segundo en intentar mostrar todo aquello al mundo”, escribió Hilton en su blog

Fotos de Hilton Peña

Cuando estábamos averiguando para viajar a Venezuela desde Colombia a fines de 2019, nos llegó el dato de un argentino que estaba allí viviendo y acababa de empezar un recorrido por todo el país. A Sergio Vázquez lo contactamos para pedirle información sobre la situación y nos invitó a sumarnos a su proyecto “Venezuela de punta a punta integrado”, un recorrido en auto por todas las regiones y llegando a lugares que casi no aparecen en los mapas de viajeros. Todo lo publican en @relindavenezuela y además tiene su faceta social de colaborar con las comunidad a las que llegan con donaciones, actividades culturales o con labores en cada lugar. 

A través de los viajes que ellos hicieron por Venezuela nosotros fuimos conociendo el tepuy Roraima, la Gran Sabana, el Parque Nacional Canaima, el Cerro el Ávila de Caracas, el cacao de Choroní, las playas de Aragua, la Ciénaga de Ocumare, el Salto del Ángel, Isla Margarita, el Parque Natural Mochima, los cayos del Parque Nacional de Morrocoy, los relámpagos de Catatumbo y otros tantos lugares que mantuvieron las ganas de conocer el país.

Pero incluso si Venezuela no tuviera tantos atractivos naturales, nuestro deseo sería el mismo. ¿Por qué? Primero porque no necesitamos motivos para querer conocer un país diferente al nuestro en el que la cotidianidad es distinta a la que conocemos. Y, segundo, porque todos los que se animaron a viajar a Venezuela coinciden en que su gente es la mejor motivación para ir, querer quedarse y pensar en volver.

Los migrantes venezolanos

¿A cuántos venezolanos conocés? A la compañera de trabajo de tu hermana, a la chica que trabaja como niñera en lo de tu amiga, a la chica que te hizo las manos, al chofer del mototaxi, al que entrega los pedidos a domicilios, a la que limpia en el hotel, el que vende arepas en la calle, al que te alquila el departamento, la médica que te atendió la última vez en la guardia, el nuevo compañero de la oficina. ¿Con cuántos venezolanos nos cruzamos durante nuestro viaje por Sudamérica? Con decenas en casi todos los países. En cada encuentro pensábamos en el momento de llegar a su país. 

Las veces que estuvimos cerca de la frontera con Venezuela esos números se multiplicaban. En Boa Vista, Brasil, a 220 km del paso fronterizo, en marzo de 2017 la Alcaldía organizaba reuniones con los agentes de salud y trabajadores sociales para intercambiar ideas sobre cómo hacer con los cientos de venezolanos que día a día llegaban a la ciudad. Cuando nos fuimos no había ninguna respuesta ni propuesta. 

Desde fines de 2019 a principios de 2020 en Colombia, no solo nos cruzamos a los que habían emigrado y conseguido algún trabajo para sobrevivir. En Cali vimos campamentos improvisados con telas, plásticos y palos a la orilla de un arroyo en el medio de la ciudad: mujeres lavando la ropa en esas aguas, los hombres tendiéndola sobre la tierra y los pequeños chapoteando o potreando como si estuvieran en un club barrial.

Al margen de la ruta de Cúcuta a Bogotá, vimos a venezolanos caminando en caravana uno tras otro, los chicos cargados en las espaldas más algunas pertenencias. La imagen de esa fila formada entre el asfalto y las plantas, donde apenas hay banquina, se repetía a lo largo del viaje. 

En Bogotá los venezolanos ofrecían artesanías que hacían con bolívares: billeteras, carteras y tarjeteros confeccionadas con billetes que no valen nada

No tenemos los nombres y apellidos de esos venezolanos que emigraron con la convicción de que en otro lugar van a estar mejor. Nos quedamos con sus palabras de esperanza: saben que a donde van van a encontrar lo que están buscando

Los venezolanos en Venezuela

Sí conocemos los nombres de algunas venezolanas que desde adentro nos muestran no solo cómo sería viajar por Venezuela sino su cotidianidad.

Conocimos a Arianna Arteaga Quintero cuando publicó un libro de viajes junto a otros blogueros. Es una apasionada de los viajes, de la naturaleza y de su país. Con cada publicación sobre algún lugar de Venezuela nos entusiasmaba con llegar. @arianuchis comparte decenas de fotos de agua, de río y de mar. El verdeazulado aguamarine del Caribe destaca pero también hay mucho verde, de esos tonos que parecen fluorescente y de los oscuros y de los brillosos y de los apagados. Todos colores de Venezuela.

A través de ella, conocimos a Valentina Quinteros, su mamá. Valentina está enamorada de su país, tanto que está “empeñada en convertir a Venezuela en el gran destino sostenible de Sudamérica”. Está orgullosa de su tierra y de quienes la habitan y a nosotros nos contagió ese amor. Es la mejor embajadora de todo lo que tiene Venezuela para ofrecer a los viajeros. Ella se autoproclama sembrada en Venezuela y a nosotros nos plantó la semillita para algún día viajar por su país. @valendeviaje está en el top 3 de cuentas viajeras en Instagram.

A través de sus publicaciones en Instagram -donde tiene más de un millón de seguidores- muestra la variedad de paisajes, de climas, de actividades y, también, de habitantes y de historias con nombre y apellido. Ella transmite la calidez de los venezolanos con esa misma calidez de la que hablan nuestros amigos que viajaron por el país. En cada una de sus posteos renueva el compromiso con todos esos venezolanos que generalmente no son escuchados.

Por cada uno de esos venezolanos que no conocimos es que pedimos perdón; en realidad les pedimos perdón a ellos. Nos sentimos injustos porque no confiamos en ellos para que nos recibieran o para que nos recomendaran lugares desconocidos para visitar o para que nos prepararan una comida típica o para que nos llevaran a pasear o para compartir una charla. 

El camino hacia Venezuela 

Estaba todo fríamente calculado. Mentira. Aunque estaba ese posible itinerario para también pasar por Venezuela antes de cruzar a América Central, había dos cuestiones que hacían que sea el país más complicado por el cual viajar

La primera es su ubicación. En nuestro itinerario tentativo ir a Venezuela después de Colombia era desviarse un poco. Es totalmente viable pero requiere de una planificación previa, algo que nos sale muy mal. 

Podría haber sido así. 

La otra cuestión era el tema de las fronteras. ¿Cómo hablar de Venezuela sin hacer referencia a la política? Es imposible. Cada vez que contábamos nuestro plan de recorrer todos los países del continente hasta llegar a Alaska nos hacían la misma pregunta “¿Y Venezuela también?”. Sí, claro; mientras las fronteras estén abiertas.

Durante mucho tiempo no nos preocupó este tema porque estábamos lejos. Pero cuando llegamos al norte de Brasil, empezamos a prestar atención a las noticias sobre la situación de los pasos fronterizos. Y la pregunta que nos surgía era sí íbamos a poder entrar cuando estemos cerca. Una vez en la Amazonía teníamos dos opciones de ruta. 

Opción 1- Navegar todo el Amazonas de este a oeste, haciendo paradas intermedias (Alter do Chao y Manaos) hasta triple frontera Brasil-Colombia-Perú. Y dejar Venezuela y las tres guyanas para después.

Opción 2- Navegar el Amazonas de sur a norte y salir de Brasil por Guayana Francesa, atravesar Suriname, seguir por Guyana y volver a entrar a Brasil, obligatoriamente porque no hay otra ruta posible. 

De ahí, teníamos otras dos alternativas:

A- desde Boa Vista subir a Venezuela, salir por Colombia y bajar por la Cordillera Oriental hacia el sur de manera de llegar a Perú y retomar el plan original de, en algún momento, enfilar al norte. 

B- desde Boa Vista ir a Manaos y luego navegar por el Amazonas hasta la triple frontera Brasil-Colombia-Perú para volver al sur, y desde ahí retomar el plan original de, en algún momento, enfilar al norte.  

El dilema que teníamos en ese momento era que estando tan cerca de las Guyanas sentíamos un deseo enorme por ir en ese momento porque realmente es la región más complicada para llegar y la más interesante para conocer. Entonces nos inclinábamos por la opción 2-a. En ese caso íbamos a estar muy cerca de Venezuela y, con un clima político relativamente tranquilo, nos tentaba mucho ir en ese momento. Al mismo tiempo, teníamos un deseo muy grande de hacer la navegación por el Amazonas. En ese caso era la opción 1 o la 2-b. 

Finalmente nos decidimos por hacer las Guyanas y retrasamos por unos meses decidir cuándo ir a Venezuela.

Cambio de plan

Cuando estábamos en Suriname, recibimos una propuesta para irnos a trabajar a Bolivia por 5 meses. Tentadora económica y profesionalmente. Eso implicaba volver al Sur muchos kilómetros. ¿Cómo íbamos hacer? El problema no era desviarnos porque sabíamos que luego retomaríamos el recorrido en el mismo punto de la pausa. El nuevo dilema era qué hacer esos más de tres meses que nos quedaban hasta empezar a trabajar porque teniendo en cuenta nuestra preferencia de viajar lento, no era tanto tiempo. 

Llegamos al punto del mapa donde la ruta se bifurcaba y no podíamos retrasar más la decisión. Si íbamos a Venezuela en ese momento estábamos obligados a recorrer el país en menos de tres meses -lo que nos parecía poco tiempo- y salir por avión hacia Bolivia, con las conexiones necesarias. Sin embargo, en ese momento la situación política era tensa: por momentos se cerraban las fronteras y por momentos se abrían, por momentos las rutas al interior estaban cortadas y la circulación interna se complejizaba. Eso nos contaban Carol y Juan que estaban viajando por Venezuela en ese momento. Estamos acostumbrados a la incertidumbre pero en ese momento necesitábamos tener la certeza de poder irnos de Venezuela cuando quisiéramos pero no teníamos las garantías. Así que finalmente nos decidimos dejarlo para más adelante. 

Segundo cambio de plan

Pasó un año, el trabajo en Bolivia, una visita en Argentina y retomamos el itinerario que habíamos pausado en Perú. En ese momento estábamos con Lola en el vientre y teníamos el plan de recorrer el norte de Perú, atravesar Ecuador por la sierra, entrar a Colombia, recorrer la zona de la Cordillera Oriental que no conocíamos y dirigirnos a Venezuela por Cúcuta. Incluso con el embarazo, no descartábamos la idea

Decidimos continuar viajandos embarazados porque Lola nacería en el lugar que sintiéramos adecuado. Los controles de rutina que tocaban en viaje no resultaron como lo esperábamos en relación a mi. Con Lola siempre estuvo todo bien pero básicamente en Ecuador nos recomendaban que nos quedemos fijos en algún lugar para hacer el seguimiento adecuado con un mismo equipo médico. Pero lamentablemente no encontrábamos ESE lugar para establecernos un tiempo. Y cuando estábamos por seguir a Colombia porque sentíamos que ahí sí lo íbamos a encontrar, cambiamos de planes otra vez. Nos dio miedo volver a movernos, empezar de cero en otro lugar y que no nos gustara.

De un día para el otro, volvimos a Bs. As., donde nació Lola y en donde vivimos por cinco meses. Tanto nos revolucionó que no visualizábamos cuándo íbamos a volver a viajar. Decidimos hacer un cambio y, de alguna forma, seguir con nuestra vida itinerante: nos mudamos a otra provincia dentro de Argentina. En San Juan estuvimos cinco meses, bastante sedentarios pero en movimiento sin perder la rutina de cambiar de casa y de recorrer la región.

La revancha

Lola cumplió un año, lo festejamos y nos fuimos a retomar el itinerario por América del Sur. Teníamos pasajes a Colombia de ida y vuelta seis meses después por un casamiento en nuestra familia. Así que teníamos que recorrer Colombia y Venezuela en ese tiempo. Con todas las vacunas al día y seguro de viaje, sentíamos que era EL momento. Aunque sea queríamos tomarnos dos semanas de vacaciones para ir a Isla Margarita. Queríamos el sello en el pasaporte, poner un pie y cumplir nuestro desafío. Pero fundamentalmente queríamos experimentar estar en Venezuela: tener los bolsillos llenos de bolívares, ir al supermercado y verlo desabastecido -o no-, sentir la inseguridad -o no- y llenarnos los oídos de ese acento que tantas veces escuchamos viajando por el resto de los países al cruzarnos con viajeros venezolanos que buscaban un nuevo hogar.

Cuando empezamos a acercarnos al oriente colombiano, iniciamos las averiguaciones pertinentes. Primero evaluamos ir desde la Guajira, pero los comentarios de los mismos venezolanos que estaban ahí y los colombianos que habían ido recientemente nos hicieron desestimar la idea. Cruzar el desierto colombiano es complicado, entrar a Venezuela por allí arriesgado y llegar a Maracaibo -la ciudad cercana- totalmente insensato. 

El segundo intento fue cuando nos acercamos a Bogotá. Nos contactamos con una venezolana para que nos diera su opinión y ponía en duda que fuésemos a disfrutar de viajar por su país en ese momento, un argentino que está viajando nos alentaba con algunos recaudos que al viajar con Lola era difícil de poder tomarlos debidamente y unos colombianos que viven cerca de la frontera nos desaconsejaron cruzar por allí. La balanza se inclinaba por el “no es el momento para ir”

En esta historia no está la típica frase “la tercera es la vencida”. En Bogotá nos sinceramos: la opción de ”ir de vacaciones” tomando un avión directo a Isla Margarita se nos hacía económicamente casi imposible. Viajar a Venezuela de esa manera implicaba endeudarse y acelerar todo el recorrido de lo que nos quedaba en Colombia. Fue ese el momento en el que, conscientemente, tomamos la decisión de no viajar a Venezuela.

¿Por qué no viajamos por Venezuela?

Lo de los cambios de planes, lo del embarazo y lo de viajar con una bebé suenan excusas. Y un poco lo son. Si hubiésemos sentido que era el mejor momento para viajar por Venezuela habríamos ido en alguno de esos momentos. La verdad que nunca sentimos la confianza plena en lo que iba a pasar después de cruzar la frontera. 

Muchas veces cruzamos alguna frontera con incertidumbre sobre lo que nos esperaba del otro lado, alguna veces sin saber a dónde íbamos a pasar la noche. Pero nunca pensamos que algo malo podía pasar. Y con Venezuela nos pasó que justamente sentíamos inseguridad. No por nuestra integridad física pero sí un poco por nuestras pertenencias o por no poder movernos con libertad plena o por no poder salir del país cuando quisiéramos. 

La cuestión de lo material es simple: viajamos con dos computadoras, dos cámaras de fotos y dos celulares de alta gama. Es nuestro capital de trabajo y podemos viajar porque lo hacemos con todo lo que necesitamos en nuestras mochilas. Por más que nuestros amigos nos decían que mientras salgamos a la calle sin todo eso a cuesta iba a estar todo bien, no nos convencían sus argumentos.

Nosotros queremos caminar por las ciudades tomando los recaudos mínimos: es decir, ser criteriosos en cuándo sacar el celular o la cámara, no mucho más. Por eso en algún momento pensamos ir sin pasar por las ciudades. Pero tampoco nos convenció y no avanzamos en pensar una ruta de este tipo.

La cuestión de las fronteras es compleja: no saber si estarán abiertas al momento de querer irte no nos genera una buena predisposición. Hemos estado en países en paro, con rutas cortadas, con manifestaciones y con disturbios; pero siempre tuvimos la certeza de salir de ese país si algo no nos gustaba demasiado. En Guyana no sentimos un buen clima, se conjugaron situaciones que nos llevaron a tomarnos la decisión de irnos a los cinco días de haber llegado. Lo decidimos y lo hicimos. ¿Hubiera sido igual en Venezuela? No lo sabemos y nos quedaremos con la duda. Pero tenemos la certeza de que en algún momento vamos a viajar por Venezuela. 

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Comentarios (7)

Hola chicos, un gusto saludarles.
Soy venezolana y en diciembre del 2017 llegue a Argentina en busca de mejores oportunidades. Sinceramente tomaron la mejor decisión de no visitar a vzla en las oportunidades que tuvieron. No se sientan mal por ello, yo tampoco conozco casi mi país ya que siempre fue muy complicado viajar por tema combustible, inseguridad, económico y he de decir que si en algún momento volviera a ir tengo la garantía de que seguirá estando los tremendos paisajes, playas, selva que quisiera conocer. Así que de momento no perdamos la fe que la situación en vzla algún día cambie para bien y se pueda ir con seguridad. Saludos y un fuerte abrazo.

Hola!!
Un gusto saludarlos, me encanta que viajen y es una pena que no hayan venido a Venezuela, yo soy Venezolana y junto con amigos he recorrido varios estados de Venezuela en aventón o pidiendo cola cómo coloquialmente decimos aquí, y con celulares de alta gama y nada nos ha pasado.
Más allá de las comentarios recibieron, les faltó más atrevimiento, estoy muy segura de que aquí serían bien recibidos. Y con respecto a la frontera los extranjeros pueden transitar de manera libre más que los propios habitantes, o en tal caso hay rutas alternativas para salir o ingresar al país. Les puedo decir si es que es costoso para hacer algunas actividades o comprar algunas cosas y la moneda extranjera es bien recibida, pero eso comparado con la Belleza de su naturaleza y la riqueza en calidad humana no tiene precio.
Deseo que se atrevan y traigan a Lola a conocer esta belleza de América!!!

Hola! Gracias por dejarnos tu comentario y compartir tus buenas experiencias. No dudamos de que probablemente no hubiese pasado nada malo. Pero la decisión de no ir no la tomamos por falta de atrevimiento sino porque no es lo que queríamos en su momento. Creemos que vamos a tener la oportunidad de ir a tu país y conocer muchas de sus bellezas.

Qué pasada! Una pena que no hayáis pisado tierra venezolana, pero qué pedazo de ruta, y vaya dosis de inspiración.

Muchas gracias por compartir vuestras aventuras.

Hola Aitor! Muchas gracias por tu comentario. Nos alegra que sea inspirador! Abrazos.

Hola!
Me encanta la forma en la que relatan sus emociones. En mi caso me pasó algo parecido, luego de Guyana, en Boa Vista, tenía la opción de ir a visitar el Roraima, pero justo en ese momento Brasil cerró la frontera con Venezuela.
Leyendo su post se me vinieron un montón de las dudas que tuve en ese momento (porque si bien no se podía entrar a Brasil, si que se podía salir) y opté por seguir hasta Manaos.
Pero bueno, eventualmente espero poder llegar hasta allá.

Muchos abrazos!

Hola Nicolás! Nos alegra saber que nuestro relato te trae esos recuerdos de viaje. Son decisiones que los viajeros tenemos que enfrentar varias veces sabiendo que al elegir un camino quedan otros sin recorrer. En algún momento será. ¡Abrazos!

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