Viajar de lo imposible a lo real

Este posteo del blog es especial. Por un lado es el primero escrito por un autora invitada, Flor Bourguet. Eso que en la jerga se conoce como guest post. Por otro lado, y mucho más importante, este posteo es especial porque es una muestra más de que el primer paso para cumplir un sueño es imaginarlo. Y que luego de imaginarlo hay que actuar. Flor escribió sobre deporte, viajes, pasión y sueños. Sobre cómo hay viajes imposibles que se transforman en reales. Escribió sobre trayectorias; sobre la suya, sobre las nuestras y sobre cómo se cruzaron en los Juegos Olímpicos de Río 2016.

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¿Por qué no?

Con esa pregunta empezó este sueño, este viaje que terminó por convertirse en un pedacito de trayectoria compartida con mi hermano y Cami. Pero para entender de qué se trata primero hay que viajar en el tiempo.

Año 92 empiezo danza jazz al lado del jardín de infantes. Sí, sí, jardín de infantes. Mis papás se daban cuenta que si había música yo -con la impunidad de cualquiera chico- sin importar cómo, cuándo, dónde, delante de quién, me ponía a bailar.

Año 93 nos hacemos socios del Club Italiano -un club barrial de Caballito, en la ciudad de Buenos Aires-. Recuerdo con una nitidez increíble cuando, caminando por el Salón Blanco, vi a una chica haciendo gimnasia rítmica. Yo necesitaba poder hacer esas cosas. En ese mismo momento mi mamá habló con la profesora de escuelita (¡Yami!) y días después empecé gimnasia rítmica. Pasaron los años, 11 para ser precisos, y ese deporte seguía llenando mis días.

Entrenamientos, pre-temporadas, galas, exhibiciones, torneos amistosos, metropolitanos, también nacionales. Las mallas, los elementos (pelota, aro, etc), las músicas. Entradas en calor, danza clásica, elongar hasta las lágrimas, preparación física. Pasar una y mil veces los esquemas, practicar las dificultades técnicas (giros, saltos, etc), los riesgos. Tantas cosas que para mí formaban parte de mi día a día… Alegría, dolor, esfuerzo, disciplina, auto-superación, transpiración, lesiones, crecimiento, frustraciones, desafíos, auto-exigencia. Amigas más grandes, de mi edad o más chicas; entrenadoras, buenas, malas, exigentes, contenedoras, inspiradoras.

El esfuerzo era mucho pero ese momento en que ponían Play al cassette (!) para mí el mundo dejaba de girar, me transportaba, era feliz. Era una forma de expresión tan pura y genuina que todo valía la pena, a los siete años y también a los 17. Convivió con el colegio primario, con el secundario, con otros deportes que hice, hasta con algún noviazgo. Gimnasia rítmica para mí era felicidad.

En Argentina nunca fue conocida. “¡Ah! Sabés hacer la medialuna y la vertical”, me decían. Al día de hoy me enoja que no sepan que es “la gimnasia de la cinta y la pelota”. Los Juegos Olímpicos eran el momento de disfrutar de este deporte. En esa época no existía Youtube, casi que no existía Internet y ver gimnastas de determinado nivel no era algo de todos los días.

viajes imposibles por que no

Hace ya varios meses Mariano y Cami confirmaron que en agosto estarían en Río 2016, viviendo los primeros Juegos Olímpicos en Sudamérica. Son de esas cosas que uno cree tan geniales que las pone en el lugar de imposibles. Solo pude envidiarlos porque tendrían la posibilidad de ver gimnasia rítmica en vivo. Una ridiculez total porque claramente no iba a estar en su listado de deportes a ver. Mi hermano piensa que ya tuvo la dosis necesaria de rítmica yendo a tantos torneos y exhibiciones a verme a mi. Probablemente tenga razón, pero no me importaba. Ellos iban a estar potencialmente cerca de ver mi deporte favorito.

La pregunta empezó a resonar en la voz de distintas personas. “¿Por qué no?”.  “Mirá pasajes… no están tan caros”, me dijeron algunos. Bastó que pensara en voz alta con mi hermano para que él se encargara todos los días de darme una nueva razón para ir. Un trabajo impecable el suyo. Datos de alojamiento, fotos de paisajes, audios cantando canciones brasileras (se las compartiría pero porque lo quiero prefiero cuidar su imagen), mensajes en portugués, emails con información de los Juegos Olímpicos.

¿Por qué no ir a visitarlos y cumplir un sueño? Lo consulté con varias personas. Llamados por teléfonos, audios por Whatsapp: “¿Es una locura que compre entradas para los Juegos Olímpicos?” No sé si era o no una locura, pero en principio tuve el aval de todas las personas que me rodeaban. El jueves 16 de junio conseguí las primeras entradas. Se agotaban y sin pensar demasiado ingresé los datos de la tarjeta y las compré. ¡Qué adrenalina! A las semanas entré a BestDay y saqué los pasajes.

Dos meses después me subí a un avión emocionada porque vería a mi hermano y a Cami después de varios meses, porque iba a conocer Brasil, porque iba a estar en unos Juegos Olímpicos, porque iba a ver a las gimnastas rusas en vivo con mis propios ojos.

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Viajes imposibles – Río 2016

El viernes 19 de agosto madrugué, me fui bien temprano al Centro Olímpico de Barra de Tijuca con mi entrada para la tarde, con la esperanza de conseguir algún ticket para la primera jornada de competencia de gimnasia rítmica individual. Competían con aro y pelota. Más tarde lo harían con mazas y cinta.

Después de caminar muuuuucho, hablar en un idioma que no es el mío y derretirme bajo el sol de Río, conseguí una entrada. Ingresé al estadio luego de subir muchas escaleras y rampas, entré y ahí estaba: la pedana y Salomé Pazhava, gimnasta de Georgia, haciendo su esquema de pelota. Me senté en el primer asiento que encontré y lloré. Se me caían las lágrimas, no podía contenerlas. Estaba en un Juego Olímpico viendo a las mejores 26 gimnastas del mundo. No me alcanzaban los ojos, no quería filmar ni sacar fotos. Era ahí, en ese momento, era real. Lo imposible estaba siendo posible. El sueño era real. Había algo en el aire que me hizo creer que no existen imposibles.

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Si, ya sé, parece un posteo de autoayuda y optimismo pero así lo sentí. Sentí esa felicidad que no se puede poner en palabras, que se siente adentro, en todo el cuerpo. Te explota el corazón. Viví seis horas increíbles, mágicas, disfrutando de talento y belleza que parecen de otro planeta. Lloré varias veces más, por algún tango o alguna gimnasta que respiraba profundo antes de entrar al cuadrado. También lloré cuando fallaban y cuando el público las aplaudía sin importar de qué nacionalidad fueran. Volví a llorar cuando sonreían al terminar tras haber tenido una buena competencia. Lloré y volví a llorar. No quería que terminara nunca.

En alguna conexión de subte, ya volviendo a Copacabana, logré tener un segundo de Internet. Cayeron más de 20 mensajes de Whatsapp de mi mamá. Vio toda la competencia con el teléfono en la mano. A más de 2600 km estuvo conmigo.  “Me gustó la griega con pelota y la búlgara con aro la rompió”, “La coreana con pelota tuvo la mejor interpretación”, “La rusa, tres veces campeona del mundo, ¿nació con la pelota en la mano?”. Entre otros mensajes me dijo: “Me gustan todas y estoy feliz porque lo estarás disfrutando”. Adivinen qué hice al leer todo eso. ¡Volví a llorar!

Al día siguiente fui de nuevo a Barra de Tijuca y vi la competencia de conjunto y la final de individual. Tachame de la lista estar en una final olímpica de gimnasia rítmica.

viajes imposibles - gimnasia rítmica

Me siento afortunada, me siento agradecida, me siento feliz porque tuve la posibilidad de hacerlo, porque muchos me incentivaron y hasta convencieron de que tenía que hacerlo, porque mi trabajo me permite viajar y seguir trabajando, porque mi familia y amigos son incondicionales y compartieron esta felicidad infinita conmigo, porque algún día, aún sin tener condiciones, me animé a practicar ese deporte que 24 años después me sigue haciendo feliz.

Ahora elegí cambiar la pregunta, ¿por qué no volver a vivirlo otra vez?  

Flor Bourguet

 

 Esta publicación tiene un enlace patrocinado. Después de escribir la nota, una agencia nos ofreció darnos una remuneración a cambio de incluir un link. Nosotros aceptamos porque consideramos que no afecta el sentido del artículo y nos ayuda a seguir con el proyecto del blog de viajes.

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Comentarios (2)

Simplemente genial. Poder plasmar en palabras los sentimientos es muy difícil.Florencia lloró en Río y yo lloraba en casa y cada esquema que miraba le hacía un comentario por Whatsapp pese a que sabía que no tenía internet pero era mi modo de demostrarle que siempre estuve con ella como en esas interminables jornadas en tantos clubes. Cuando volviera a tener señal le iban a bajar una catarata de mensajes con mis comentarios alocados y menos mal que no le grabé los gritos de cada final de esquema.
Me explotaba el cuore de felicidad de saber que compartía esos días con su hermano adorado y Camila en su aventura de vida itinerante.
¡Gracias a la vida que me ha dado tanto!

Mirtu, sos tan todo! Fue tan mágico recibir esos mensajes. Fue loco vivir todo eso sola, desconectada, o mejor dicho, conectada con lo que estaba sintiendo y darme cuenta, que sin saberlo estabas tan cerca mío, como siempre. Te amo hasta el infinito y más alla.

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