Un viaje morbo: una despedida y varios reencuentros

La última vez que vi a mi abuela me dijo algo así como: “Quiero mirarte mucho porque sé que es la última vez que te voy a ver”. Fue el 14 de marzo de 2015, el día de la despedida con mi familia. Horas después –con Marian- nos fuimos de Argentina en un barco rumbo a Carmelo, el primer destino de esta vida itinerante.

Mi abuela tenía razón.

Una despedida.
Una despedida.

Técnicamente yo la vi una vez más.

El 10 de abril de 2016 volvimos a Argentina. A las 10 de la noche entré a una sala velatoria y, de alguna manera, la vi a ella, la parte corpórea de ella. No vi sus ojos cristalinos ni escuché su voz finita siempre difónica. Apenas vi su pelo blanco y las incontables arrugas que quedaron en su cara como marca de los 91 años de vida.

Unas horas antes estábamos en Bolivia, en la zona del trópico cochabambino, con 40°C arriba de un micro sin aire acondicionado y algunas pocas ventanas abiertas porque el cielo amenazaba con tormenta y nadie quería mojarse.

Casi todos dormían, la mayoría roncaba y yo no podía ni descansar. A mi imposibilidad habitual de no poder conciliar el sueño ante este tipo de situaciones adversas se le sumaba la ansiedad por llegar y la incertidumbre sobre la salud de mi abuela.

A las dos de la mañana activé los datos móviles del teléfono. Bolivia, sorpresivamente, tiene muy buena señal 4G y a pesar de los relámpagos y de estar en medio de la ruta salió el mensaje de WhatsApp a mi papá preguntándole si estaba en el hospital.

Seis días antes mi papá me contaba que mi abuela no se había levantado de la cama. Al día siguiente que parecía que tenía una infección urinaria. Al otro día que la habían internado por neumonía. Ese día empecé a ver pasajes en avión para volver a Buenos Aires.

Después todo pasó muy rápido.

No quiso comer. No le hacía efecto el antibiótico. Los dos pulmones tomados. El “no vamos a hacer nada más” de los médicos y mi pregunta de “¿cuánto puede llegar a aguantar?”.

El viernes a la mañana sacamos pasajes para el domingo al mediodía. Ya no había posibilidad de viajar el sábado. Solo era cuestión de “esperar”. Para mí, esperar llegar al aeropuerto en Santa Cruz de la Sierra, subirme al avión y bajarme en Argentina. Mi abuela solo tenía que esperar que su corazón se canse después de tanto esfuerzo por resistir los antibióticos o, en realidad, después de tanta vida vivida.

A pesar de mi miedo a los aviones, quería subirme a uno y volar.
A pesar de mi miedo a los aviones, quería subirme a uno y volar.

En ese micro con calor, con miedo a la ruta boliviana (y a los choferes en Bolivia), con miedo a la tormenta eléctrica, con miedo a subirme a un avión en las próximas horas y con miedo, principalmente, a no llegar a despedirme de mi abuela, leí el mensaje que no quería leer: “murió la abuela” y nada más. Me acordé de las palabras de aquel 14 de marzo de 2015, el día que mi abuela me miró a los ojos por última vez.

En ese momento dejé de tener miedo. Solo quería llegar a Santa Cruz, subirme al avión, llegar a Buenos Aires y abrazar a mi papá. Quería viajar rápido, como nunca quiero viajar. Quería volver, aunque nunca lo quiera hacer. Quería viajar para poder llorar ahí, junto a ella, a la parte de ella de la cual me despedí. Absurdamente, ese viaje me daba algún tipo de placer. Bueno… quizá era algún tipo de tranquilidad pero eso ya me resultaba placentero.

Así fue.

Después me sentí en paz.

Fue placentero volver y poder despedirme a pesar de no poder decirle “chau”.

La despedida fue extendida: la casa velatoria, la cremación y hasta un micro viaje a la costa atlántica para que esa materialidad hecha cenizas se funda con el mar, la arena y el viento –con el fuego ya se había fundido-. Cada instancia fue otro “chau”. Hasta que, después de meter las manos en el agua para dejar todo resto de cenizas, no hubo más materialidad.

El último chau.
El último chau.

Viaje para despedirme. Y así lo hice.

Me despedí de ella y no de “su” cuerpo porque no tenemos un cuerpo.

Somos cuerpo.

Los reencuentros

Fue un viaje morbo porque fue placentero en todo sentido. Porque esa despedida hizo posible varios reencuentros.

Por esas cosas que nunca voy a entender, el pasaje salía más barato que sea “ida y vuelta” que sacar solo la ida. Así que al momento de comprarlo tuvimos que decidir una fecha de vuelta.

¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo? ¿Qué día?

En ese momento no tenía ni idea de lo que podía llegar a pasar con mi abuela, así que pensé: “algo más de un mes va a estar bien”.

Y así fue.

Conexión.
Conexión.

Nos reencontramos con toda nuestra familia, con la que veíamos todos los días y con la que no veíamos hace años; con los amigos de toda la vida y los de el último tiempo; con los compañeros de trabajo de hace mucho tiempo atrás y con los que trabajábamos apenas hace un año atrás.

Nos reencontramos con los abrazos, con el disfrute de la cotidianidad, con los lugares conocidos, con las costumbres, con las comidas preferidas, con las cosas que dan comodidad, con los espacios seguros.

Y nos reencontramos con los horarios fijos, con la rutina, con el caminar a las corridas, con las calles con tráfico, con los consumos innecesarios y los gastos excesivos.

Y, al final, extrañamos la incertidumbre, el desafío diario, la libertad de ir y andar a nuestro ritmo.

Y –aunque pensamos en poder alargar la visita- elegimos otra vez armar las mochilas.

Hasta el próximo reencuentro.
Hasta el próximo reencuentro.

Y así nos despedimos.

Y así nos fuimos.

Y así volvimos. Porque ahora volver es regresar a la vida de viaje.

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Acerca de Camu

Argentina de 32 años. Comunicadora profesional y de oficio. Apasionada, intensa y compleja. Fanática de las trayectorias y amante de los encuentros. Hincha de Boca Juniors y adicta al helado. El nomadismo y los intercambios son mi filosofía. Ando por la vida con los pies descalzos.

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