Diario de viaje en barco por el Amazonas de Brasil. Siete días desde Manaos hasta Tabatinga / Leticia

Salimos de Manaos, y después de siete días de viaje en barco por el Amazonas de Brasil remontando el Río Solimões, llegamos a Tabatinga. El objetivo: llegar a la triple frontera para cruzar a pie de Brasil a Leticia, Colombia, y luego seguir hasta Iquitos, Perú, nuevamente en barco por el Río Amazonas del lado peruano. El deseo: viajar de la forma en la que lo hacen los locales y relacionarnos con el entorno natural y cultural de la Amazonía.

Nos gustaba la idea de navegar durante siete días por el tiempo que íbamos a tener para poder escribir y contar todo los que nos iba a pasar. Con escasa señal de internet para trabajar online y con casi nulas distracciones a disposición, dormir, comer, leer y escribir iban a ser nuestras principales ocupaciones.

Lo otro que nos gustaba de viajar en barco durante siete días era que íbamos a poder atravesar y sentirnos parte de un lugar tan atrapante, misterioso y único en el mundo como la selva amazónica. Verla en diferentes momentos del día, desde diferentes ángulos, con diferentes cielos, con diferentes luces. Conocer sus momentos de calma y paz, como al amanecer, o sentir la bravura durante las tormentas. Navegar la intensidad de sus aguas. Espiar la densidad de su vegetación. Respirar el aire de sus pueblos.

Como pocas veces durante los más de dos años que llevamos viajando nos propusimos escribir un diario de viaje en tiempo real. Lo que sigue es un compendio de sensaciones, sentimientos, pensamientos y ocurrencias escritos durante los siete días de viaje en barco por el Amazonas de Brasil de este a oeste.

Día 1– La salida y el reconocimiento
Día 2 – Aceptación y acostumbramiento
Día 3 – Casi igual que ayer
Día 4 – Totalmente distinto a ayer
Día 5 – Otro día más en el Amazonas de Brasil
Día 6 – Empieza la nostalgia
Día 7 – Fin del viaje en barco por el Amazonas
Info – ¿Cómo hacer el viaje en barco por el Amazonas de Brasil?

Viaje en barco por el Amazonas

Día 1

La salida y el reconocimiento

Thiago, nuestro anfitrión de Couchsurfing en Manaos, nos dejó temprano en el puerto. Compramos algunas provisiones de lujo como chocolates, galletas, un cable nuevo para cargar el celular y toallas húmedas (imprescindibles). Mochilas a cuestas y bolsas en las manos, entramos en la terminal de barcos. Pasamos el control de ingreso y luego de caminar hasta el muelle bajo la lluvia subimos a la embarcación bautizada Manoel Monteiro.

Cara de viaje en barco por el Amazonas

El barco sale al mediodía. Son las nueve de la mañana y ya tiene gente. Más del 50% del espacio está ocupado y todos los pasajeros ya están acomodados. Bueno… acomodados es una forma de decir. Es un espacio, de 100 metros de largo por 20 de ancho, exclusivo para los pasajeros de clase económica en el que tenemos que poner las hamacas. Eso es todo. Más que acomodados estamos desparramados. Con el paso de las horas se termina de llenar. Acá y así transcurrirán los próximos siete días en este viaje en barco por el Amazonas de Brasil.

Salimos puntuales a las 12 del mediodía, tal como nos habían dicho. De a poco nos despedimos de la última capital estatal que vamos a conocer en Brasil.

También nos despedimos del Río Negro porque, 30 minutos después de salir, llegamos al Encuentro de las Aguas. El punto en donde el Río Negro y el Río Solimões se encuentran dando origen al Río Amazonas de Brasil (la aclaración se debe a que Perú y Colombia también tienen su Río Amazonas, que es el mismo pero en otro lugar). El 4G del celular nos permitió transmitir en vivo por Instagram; no hay registro aunque sí algunos testigos.

Ahora sí, ya estamos camino arriba, es decir contra la corriente. Por eso el viaje tarda siete días, estamos subiendo -podría decirse- hacia la cordillera.

La vida en el viaje en barco por el Amazonas

Las hamacas las pusimos en el medio del salón, cerca de una toma de corriente para asegurarnos tener siempre el celular cargado y las computadoras disponibles para usar. Se vienen días de monotonía, así que es mejor estar preparados. No somos los únicos precavidos. Si bien no hay muchos enchufes, hay cables, alargues, extensores y adaptadores por todos lados. Nadie se va a quedar sin su electricidad personal.

No tenemos muchos vecinos porque el barco no está saturado de gente. Así que podríamos decir que tenemos un espacio personal considerado. No vamos a tener a nadie respirando en nuestras caras -y viceversa-; cada uno respeta el espacio del otro.

Hablando de espacios… el espacio de abajo de cada hamaca está destinado a los bártulos de cada uno; la palabra equipaje no aplica porque la gente viaja con todo: valijas, mochilas, bolsas, cajas, banquetas, plantas, comida, palanganas, parlantes, frazadas, ventiladores, baldes, heladeritas.

También se ocupa el espacio de arriba. Sobre los caños en los que se atan las hamacas también se cuelga ropa, cables, bolsas, mochilas, redes con frutas y todo lo que a uno se le ocurra.

Cotidianidad del viaje en barco por el Amazonas

Aunque el día está todo gris -como casi todos los días en temporada de lluvia en la Amazonía- el salón tiene mucho color gracias a la variedad de hamacas. Nosotros tenemos las baratas, las menos alegres: color gris con algunas tímidas líneas de colores. Las de niños son de tela de avión bien finitas, los que viajan seguido son los que tienen hamacas de telas fuertes con sogas gruesas, por eso es fácil reconocerlos.

Quizás salón no es la palabra adecuada para definir al lugar donde están las hamacas porque está totalmente abierto. Sin embargo, hay unos toldos azules enrollados que servirán de ventana en caso de tormenta. A los costados quedan libres los pasillos. Apenas un metro. Y sobre las barandas improvisaron unos bancos. Unas tablas que como mucho tienen 30 cm de ancho así que apenas uno se puede sentar. Aunque para variar de superficie y de posición es más que bienvenido el banco improvisado.

Momento de tranquilidad en el viaje en barco por el Amazonas

Leer es la distracción reinante del primer día. De Stephen King (Camu) a Gabriel García Márquez (yo) nos pasamos las horas de la tarde. Cada tanto conversamos de las novelas ya que por cuestiones de optimización siempre intercambiamos libros luego de terminados y estos dos ya fueron leídos por el otro.

La casualidad nos sorprendió al descubrir que muchos años antes que nosotros tuviéramos esta experiencia a bordo, García Márquez aparentemente ya había experimentado algo similar e inspiró uno de sus libros. El resultado de dicha inspiración fue la descripción del barco en que Florentino Arizza intentó olvidar a Fermina Daza en El Amor en los tiempos del Cólera: “Una sala de estar abierta sobre el río con barandales de madera bordada y pilares de hierro, donde colgaban de noche sus hamacas los pasajeros del montón”.

La escena resulta un poco diferente, pero nos gusta pensar que en algo parecido habrá viajado para imaginar cómo eran los barcos a finales del Siglo XIX.

Comida autoservicio en el viaje en barco por el Amazonas de BrasilA las 16.30 el montón de pasajeros va para el comedor. La cena está servida. ¿Perdón? Sí, la cena es entre las 16.30 y las 18. Dos francesas mochileras se indignan por el horario. Si europeas se molestan porque la cena es temprano es porque es muy temprano.

Nosotros también nos indignamos. Y con la indignación a cuestas nos clavamos dos platos de sopa multi-ingrediente de dudoso aspecto y mejor sabor a las 17.45, antes de que levanten toda la comida.

El post cena se nos hace largo. Después de ver una película en la computadora y cuando el hambre vuelve a llamar nos encaminamos a la primera dormida de este viaje en barco por el Amazonas a bordo del Manoel Monteiro. Bolsas de dormir, tapones para los oídos y antifaz contra la luz –que va a quedar prendida toda la noche- listos.

La luna en el Amazonas de Brasil

Día 2

Aceptación y acostumbramiento

El desayuno en el Amazonas de BrasilAntes de las seis de la mañana empezaron los primeros murmullos. Recién estaba aclarando. El hostil llamado por altoparlantes a desayunar fue a las seis en punto. Hostil por el horario, pero también por la forma. Los altoparlantes generan un eco cuyo resultado son mensajes inentendibles que parecieran enviados por una voz desde el más allá que nos indica lo que tenemos que hacer. Algo así como un dios.

Y obvio que a Dios hay que hacerle caso; más con el hambre que teníamos. (No se olviden que nuestra última ingesta había sido el día anterior a las seis de la tarde.) Café con leche, cuscús, pan con queso y naranja apenas hicieron valer el madrugón.

Después del desayuno empiezan los dilemas. ¿Qué hacemos? Yo opto por sentarme en la hamaca a escribir. Camu está hablando con unos experimentados artesanos que despliegan su arte sentados en los bancos de los barandales. Ella marca tendencia porque al rato hay varias personas alrededor viendo a los artesanos trabajar.

Área de trabajo con el Amazonas de Brasil de fondo Área de trabajo con el Amazonas de Brasil de fondo

En el piso/dormitorio –como lo apodamos- un grupo de señoras está sentado frente a la televisión ubicada en uno de los extremos, por suerte en el extremo opuesto a nuestro sector. En el piso de arriba hay un bar/buffet con tres mesas y unas 10 sillas. Un grupo de hombres mira la tele y otro grupo juega al póquer y llevan la cuenta con escarbadientes.

Juego de poker en el viaje en barco por el Amazonas

El perfil de pasajeros que hace el viaje en barco por el Amazonas de Brasil es así: familias numerosas, muchas mujeres, algunos hombres, bastantes ancianos. Con excepción de dos francesas y nosotros, dos argentinos, los pasajeros son locales. Lo sabemos porque hablan portugués y algunos lo que suponemos es una lengua indígena. La mayoría viaja hasta las poblaciones intermedias. Lo sabemos porque la pulsera de fiscalización es de otro color, lo que indica otro destino. De las rojas, como tenemos nosotros que vamos hasta Tabatinga, hay pocas.

A las 11 de la mañana Dios llamó a almorzar. Una hora después fuimos al comedor. Queremos comer lo más tarde posible pero tenemos que tener cuidado para no quedarnos sin comida. Somos los últimos, al igual que ayer e imaginamos que así será durante los próximos días.

El horario de la siesta de domingo es a partir de las 12.30. El ruido del motor más el de la vibración producto del motor suavizan el resto de los sonidos. Hay algún desubicado que escucha música sin auriculares mientras la mayoría duerme o descansa o simplemente está en la hamaca.

Aunque hay muchos nenes y bebés, apenas se sienten. Hay tres vecinitas a quienes casi ni les escuchamos la voz. Cada tanto alguno mete un llanto desconsolado pero al rato se tranquiliza. Estos niños no parecen malcriados.

Hay un tema muy complicado. Sabíamos que iba a ser complicado y que tarde o temprano íbamos a tener que enfrentar: el baño. Difícilmente una travesía de este tipo brinde sensaciones positivas vinculadas al baño. Lo que no imaginábamos es que a 24 horas de partir ya iba a ser un problema. Indefectiblemente en todos los baños hay mal olor. En algunos, además, los inodoros están tapados y los tachos de basura repletos. Entendemos pero no aceptamos la situación cuando nos dicen que limpian los baños solamente dos veces al día. El futuro nos preocupa.Luces y sombras en el Amazonas de Brasil

Apareció el sol después de la siesta. No está todo celeste pero los verdes se ven de diferentes tonalidades, en el cielo se distinguen las nubes de lo que es cielo y el río tiene el reflejo del sol.

El paisaje es muy atractivo, pero desde el barco no se puede apreciar en toda su dimensión. Dan ganas de elevarse un poco para confirmar lo interminable de la selva y la suculencia de la columna de agua sobre la que estamos. Un dron, un helicóptero, un par de alas, todo eso nos vendría bien. Las vistas desde el llano saben a poco.

Vegetación del Amazonas de BrasilLa vegetación cambia todo el tiempo: por momentos parece un simple bosque artificial, por otros es tan tupido que es imposible imaginarse que hay después de los primeros árboles. Por momentos es todo verde, hasta los troncos porque tienen plantas que los recubren.  Por otros están todos los árboles secos o muertos por tanta agua; no sabemos. Hay zonas de pajonales y otras deforestadas para ganadería.  
Domingo en familia en el Amazonas de Brasil

Se nota que es domingo. La gente que vive sobre la vera del río está en modo domingo: sentados bajo la sombra de algún árbol, pibes jugando al fútbol, los más pequeños correteando o chapoteando en el río. Todos miran al barco durante cada uno de los segundos que pasa delante de sus ojos.

Hay muchos árboles de açaí. Más temprano se acercó un bote y empezó a vender açaí líquido con farofa de mandioca. Los que compraron lo están revendiendo al resto de los pasajeros.

Vendedores ambulantes que encontramos en el viaje en barco por el Amazonas

A la tarde cenamos. Todavía no atardeció y ya terminamos de comer. 

Día 3

Casi igual que ayer

El día amaneció espectacular, apenas unas nubes brumosas manchan el celeste del cielo. El sol salió a nuestras espaldas y a las siete de la mañana ya se siente fuerte. Estamos trabajando en una mesa (escritorio) que encontramos cerca de un enchufe, debajo de la TV en donde las señoras ayer miraban la novela del horario principal en el canal O Globo.

Vista desde la parte superior del barco en el que viajamos por el Amazonas Momento de trabajo en el viaje en barco por el Amazonas

Como nos queda cerca, pasamos a la cabina del capitán sin problemas. Parte del tiempo lo pasamos de un lado del otro sacando fotos. Los aparatos del “tablero de mando” dicen que la profundidad del río oscila entre los 13 y los 18 metros y la velocidad a 15 kilómetros por hora. ¡Por eso tardamos siete días en llegar!

El resto del tiempo en la cabina lo pasamos conversando con el capitán acerca del viaje en barco por el Amazonas de Brasil. Nos cuenta que son tres los timoneles -¿se dice así? – y que cada uno hace turno de seis horas mientras los otros descansan, que cuando el sentido es contrario a la corriente -como en este caso- se navega cerca de los márgenes pero que cuando es en sentido de la corriente van por el medio del río, que rara vez hay algún problema –menos mal por si me decía otra cosa le pedía bajar en ese momento-, que el río está muy alto, que se guían por GPS o radar y que no tiene ni idea a cuánta distancia nos queda hasta Tabatinga.

Con el capitán del barco que viaja por el Amazonas de Brasil

Cuando fuimos a almorzar casi no había comida. Apenas algo de arroz y feijão. Los “tempraneros”, es decir el 95% de los pasajeros, arrasaron con todo. A veces hay fila desde antes de que Dios nos invoque. Ahí nos preguntamos: ¿Qué tantas ganas de almorzar podés tener a las 10.45?

Nuestro plan de comer lo más tarde posible no nos está dando réditos. La responsable del viaje se apiadó de nosotros y ordenó que nos preparen un poco más de fideos. En definitiva, el servicio está pago y estamos yendo al comedor dentro del horario pautado, antes de las 12.

El sistema es autoservicio, por lo que nos rememora comedores escolares (o carcelarios, si nos basamos en las películas). El comedor es chico pero siempre sobra lugar porque la mayor parte de las personas prefiere comer en su espacio personal alrededor de la hamaca. Quizá sea porque no quieren dejar sus pertenencias…

Cuando se trata de una familia se arma una ronda en el piso y mamá o papá más alguno de los niños van a buscar la comida para todos en recipientes de plásticos. Si la persona es sola, come en la hamaca. Para esto pasa a la posición de sentada, para lo cual es necesario incorporar el torso y mandar la cola hacia atrás con las piernas cruzadas como indio. La otra opción es ponerse de costado y dejar colgando las piernas. Nosotros la mayoría de las veces comimos en el comedor y alguna vez en el escritorio.

Momento familiar en el viaje en barco por el Amazonas

En 30 minutos se nubló y empezó a diluviar. Refrescó un poco. Bajan los toldos azules para que no se inunde el salón, pero la lluvia insiste en pasar.

Pese a que nos entretuvimos trabajando todo el día, estamos algo hastiados. Los horarios de la comida, la incomodidad de los baños y, en menor medida la humedad, son los principales responsables de esa sensación.

La vida en un viaje en barco por el Amazonas es monótona por eso entendemos la ansiedad que genera la proximidad del horario de la comida y las corridas hacia el comedor una vez que Dios anuncia la comida. Las comidas marcan el paso del tiempo.

En el mientras tanto hay que generarse actividades para que el tiempo pase. Los mayores son los que más contemplan el paisaje, en general porque no tienen celular o, si tienen, no son inteligentes. Se sientan en los bancos que dan a la baranda y… nada… miran. Salvo cuando llueve, porque hay que bajar los toldos y ahí todos vamos a las hamacas.

Contemplando el Amazonas de Brasil

Una actividad que sale mucho es el jueguito de celular; Mariano tiene uno de fútbol llamado head soccer. Hablar con el vecino siempre es otra una opción, pero no siempre hay buena onda así que hay que ir viendo día a día.  En general se juntan mujeres por un lado y hombres por el otro.

Los que tienen celular también recurren a los videos o películas que se habrán descargado en la ciudad. Algunos tienen computadoras por lo que también ven películas, fundamentalmente los que tienen niños para entretenerlos (Nosotros entramos en este grupo pero sin niños). Los pequeños cuando no duermen corretean alrededor del barco.

Escuchar música es otro hobby bastante popular -lo sabemos porque lo hacen sin auriculares-. La lectura es poco común: Mariano, la vecina de enfrente y yo.

La tele se prende al mediodía y a la tardecita y las televidentes son mujeres; las partidas de póquer las protagonizan los hombres.  Si te aburrís de todo eso, podés dormir.

Uno de los pasatiempos que encontramos nosotros es mirar la selva. El barco siempre va cerca de alguno de los márgenes del río y eso hace que se pueda ver la selva a no más de 10 o 15 metros. Los 15 km por hora hacen que se pueda ver con mucha claridad y detalle. La ilusión es que aparezca algo desde adentro de la selva, un mono, un yacaré, un tigre, una anaconda, algo. Pero no. No aparece nada. El ruido constante del motor del barco seguramente reduce las posibilidades al mínimo. Igual no perdemos las esperanzas de que el Amazonas de Brasil nos sorprenda.

El río es como la gran autopista pero sin embotellamientos. También hay algo así como calles, que son canales paralelos navegables solo en época de lluvia.

Siempre se ven canoas o botes con motor en los márgenes del río; alguna que otra vez en el medio. Pescan o se trasladan hacia… no sabemos dónde. Cuando hay un paraguas abierto es que hay una mujer a bordo del bote, aunque no se la vea. Llueva o queme el sol. Los niños juegan en el agua.

Después están las comunidades: conjuntos de casas instalados a lo largo de todo el río; no sabemos con qué criterio. Las casas de las comunidades tienen las paredes de madera y el techo de hojas de algún tipo de palmera. Algunas casas están hechas sobre pilotes, otras flotan.

Día 4

Totalmente distinto a ayer

A la una de la mañana el barco hizo la primera parada del viaje. Estaba fresquito y con algo de viento. Bajaron mercadería y personas. Subieron mercadería y personas. Estuvo tres horas parado.

Tal vez la pausa en el sueño hizo que a la mañana siguiente nos quedáramos dormidos. Nos levantamos 7.15 y casi no llegamos al desayuno porque no escuchamos la voz de Dios. Para nuestra sorpresa había papaya y bolo (en Argentina le diríamos budín, en Chile le dirían queque). Desayuno premium comparado con el pan casi sin margarina de los días previos.

Volvimos a trabajar en nuestro escritorio. Mientras la mayoría está en sus hamacas, caminamos rápido hacia las únicas dos sillas que hay en el salón y nos apropiamos de ellas. Cuando los vecinos se dan cuenta que ahí vamos a pasar el resto del día, presentimos que no les gusta la idea. Lo lamentamos… poco. Camu escribe y yo edito videos.

Los niños que corretean cuando pasan se quedan unos segundos mirando las pantallas de las computadoras entretenidos con las imágenes que ven de lo que filmamos. La fascinación dura lo que dura la atención en los niños.

Cuando llegamos al comedor para el almuerzo nos habían guardado fideos y albóndigas especialmente para nosotros, porque ya se había terminado la comida en los grandes recipientes de aluminio. ¿Habremos ganado la batalla? Eso se verá al final. Por el momento definitivamente es el mejor día en términos gastronómicos.

Llevamos los platos al escritorio para no perder la mesa de trabajo. Nos recuerda a los viejos tiempos cuando trabajábamos en la oficina y comíamos en el mismo escritorio en el que trabajábamos y llenábamos todo el teclado de grasa. Solo son recuerdos: ahora el paisaje es la selva amazónica y no las paredes descascaradas de los edificios de enfrente.

La tarde nos encuentra nuevamente trabajando. Nuestro escritorio está, en realidad, de frente a una pared, por lo que la vista es un matafuegos y la televisión. La que está buena es la vista lateral. La baranda del barco está a unos tres metros a la izquierda, por lo que nuestra “ventana” da al Amazonas de Brasil.

En una pausa mental mientras miro por la “ventana” ocurre el milagro. Se confirma la regla, escrita no se sabe por quién, que dice que las cosas aparecen cuando uno no las busca o cuando menos las espera.

Yo no buscaba nada y lo vi. Apareció desde abajo del agua cerca de la costa. Mis ojos no entendían mucho pero lo que veían era un contundente y ancho delfín. Un delfín rosado. Un delfín de río. Perpendicular a la costa mostró medio cuerpo mientras buscaba aire para respirar. Nos paramos y corrimos hasta la baranda. Y volvió a salir. Y más adelante había otro. Y eso fue todo. Tan corto como intenso. Y nos dimos por satisfechos.

Acabamos de parar en Jutaí, un pueblo en medio del Amazonas. Camu bajó a ver qué pasa abajo cuando paramos. Abajo se encuentra con Alice, una de nuestras vecinas cercanas en el piso/dormitorio. Una de las que habla español porque es de Tabatinga, ciudad fronteriza con Colombia, y porque estudió en Bogotá. Mientras yo las miro desde la baranda Alice le dice “nos vamos a pasear”, agarra a Camu del brazo y se van. Al rato vuelven.

Bajé con la cámara al pueblo para ver con qué me encuentro que me motive a fotografiar. Veo cómo baja la mercadería del barco. Es un pasamanos. Hace mucho calor, acá –en tierra firme- no corre el viento como en el medio del río. La veo a Alice –nuestra vecina-, la saludo, me mira, me agarra del brazo y me dice “vamos a pasear”. “Vamos”, le digo y lo miro a Mariano que está apoyado en la baranda.

El puerto es una plataforma flotante que tiene unas tablas que hacen de puente para poder llegar a tierra firma. No dejo de pensar en todo lo que estoy transpirando y en las pocas ganas que voy a tener de bañarme en esos baños sauna con agua de río. Ya veré…

Alice pregunta dónde está el banco porque quiere ver si le depositaron la pensión. Le dicen que queda lejos, frente a la plaza principal, que para llegar se tiene que tomar una mototaxi. ¿Qué tan grande puede ser un pueblo en el medio del Amazonas de Brasil para que tenga plaza principal y que encima quede lejos? No lo se porque caminamos cuatro cuadras y dimos la vuelta.

En el camino recibo piropos, miradas y frases de las que me incomodan de parte de la mayoría de los hombres que pasan cerca. El calor y la incomodidad me hacen volver al barco.

La falta de movimiento del barco y la brisa que no se genera nos muestra la realidad en cuanto al clima. El calor y la humedad son agobiantes. De pronto se largó a diluviar. Nos asomamos para sentir el olor a lluvia y pequeñas gotas en la cara. El viento ahora es más frío.

Bajaron los toldos para que no entre agua al piso/dormitorio. Parece de noche. A nuestras espaldas se juntó un grupo de mujeres a ver la novela de O Globo. En un rato juega Brasil –por las eliminatorias al mundial de fútbol en Rusia-  y nuestra esperanza es que digan el resultado del partido de Argentina que fue más temprano.

Abandonamos el puesto de trabajo y nos mudamos al piso/bar, lugar de los hombres y por lo tanto del fútbol. Durante el partido de Brasil, dicen cómo salió Argentina. Nuestra esperanza es que sea un chiste, pero no; Argentina efectivamente perdió 2-0 con Bolivia.

El espectáculo deportivo nos da ganas de comer un helado. El bar/quiosco nos satisface el deseo. Tiene pocas cosas y poca variedad, aunque tiene todo lo necesario: comestibles como fideos instantáneos y galletas, artículos de higiene como papel higiénico, toallitas femeninas y jabón, algo para los vicios como cigarrillos y helados, y bebidas frías como gaseosas y jugos.

Hace unos años prohibieron la venta de alcohol; por suerte porque brasileños y cervezas no es una buena combinación para convivir durante siete días en un barco.

En el entretiempo nos vamos a las hamacas y aunque son las nueve de la noche la mayoría duerme. Nos ponemos a mirar una película en la computadora para que nos agarre sueño como lo hicimos cada una de las noches anteriores en este viaje en barco por el Amazonas.

Día 5

Otro día más en el Amazonas de Brasil

Nos despertamos a las 5 AM cuando amarramos en Tonantins. Era de noche y con el murmullo y el ruido que había no pudimos seguir durmiendo. Cuando amaneció bajé a dar una vuelta por el pueblo para ver si conseguía señal de 3G o alguna forma de internet. Ya hace dos días que no tenemos señal. Nuestra línea telefónica es de la compañía Vivo y resulta que la única que tiene algo de señal de internet en el Amazonas de Brasil es Claro.

Una de las novedades que recibimos con la última señal que nos llegó fue un mail de un hostel de Colombia que nos invita a pasar unos días en Leticia. Necesitamos responder ese mail con nuestra fecha de llegada y necesitamos que en lo posible la respuesta sea antes de la fecha de llegada.

Volví sin suerte para el Manoel Monteiro después de caminar dos o tres cuadras por el pueblo que tenía más movimiento del que podía imaginar. Motos por todos lados le daban ruido y vida a Tonantins.

Acercándome al barco veo a Camu sentada en la baranda. Si hubiese podido, la situación daba para tocarle una serenata. Cuando me ve se sonrió y me hizo el “gesto a la brasilera” para avisarme que estaba la comida. Con la mano cerca de la boca flexionó reiteradamente todos los dedos de la mano excepto el pulgar como si se llevara algo a la boca. Para los argentinos ese gesto significa “vení para acá” pero en ese contexto entendí enseguida que el desayuno estaba listo. Y fui para allá. Pan con salchichas y café con leche fue el desayuno. Lo comimos con tanta energía que quedó demostrado que a esta altura del viaje ya estamos casi dispuestos a comer cualquier cosa en cualquier momento.

Mientras Mariano está abajo, me acerco a una chica que está con su bebé; me da curiosidad porque es muy chiquito –creo- y no me imagino a mi con un bebé de unos meses haciendo un viaje en barco por el Amazonas. Tiene cuatro meses, es la primera vez que se sube en barco y el nombre no se lo entendí (el de la chica tampoco). Están yendo por unos meses a São Paulo de Olivença donde viven sus papás, quienes aún no conocen a su nieto. Me pone contenta, no sé por qué.

Después de tres horas volvimos a navegar, definitivamente las paradas son lo que hacen largo el viaje y no solo andar contra la corriente. Después de tres horas volvimos a parar. Esta vez en Santo Antonio. Volví a bajar en busca del bien más preciado de cualquier nómada digital. Luego de preguntar a varias personas cómo podía hacer para conectarme a internet di con un peruano con chip de Claro que me compartió su señal. Estaba contento porque Perú le había ganado a Uruguay. Yo también, estaba a segundos de conectarme a internet. Sin embargo, si bien me pude conectar al teléfono del peruano, la señal de Claro se desvaneció y con ella la ilusión de contestar el mail al hostel de Leticia.

Hoy no fue Dios sino una de las cocineras quien nos llamó a almorzar. Le preocupaba que nos quedáramos sin comida. Suponemos que Dios solo habla cuando el barco está en movimiento y mientras esperábamos su llamado, el grupo de los “tempraneros” había dado su golpe. Por suerte la cocinera nos hizo el gesto típico y llegamos a tiempo.

El barco se va vaciando, en cada parada son más los que se bajan que los que suben. Ya hay demasiado espacio en el piso/dormitorio. Si tuviésemos sillas y mesa daría para armarse cada uno un living comedor. Ya hay confianza entre los pasajeros. Alice siempre tiene un comentario en español para hacernos. El profe de jiujitsu, que lo conocimos sacando fotos en la terraza, nos saluda cada vez que nos ve. Él va a escuchar una oferta de trabajo a São Paulo de Olivença y si le convence se quedará a ahí por un tiempo.

La convivencia en general es pacífica. Salvo por los desubicados de siempre (el que escucha música sin celular o que el pasa por entre las hamacas sacudiéndolas sin importar quien esté) el clima es tranquilo. Solo una vez se interrumpió la paz cuando un hombre y una mujer empezaron a discutir. No alcanzamos a entender porque el portugués enojado se escapa de nuestro entendimiento.  Tuvo que venir el capitán para que hagan las paces.

Con nuestros vecinos cercanos siempre estamos pensando mejoras para las condiciones de electricidad de nuestra zona. La concatenación de adaptadores y alargues no siempre funciona bien, principalmente debido al peso de algunos cargadores que atentan con cualquier tendido aéreo.

Las condiciones del baño no mejoran, pero tenemos que convivir con ellas. Ayer me bañé yo. Hoy lo hizo Camu. El plan es distribuir las idas al baño de la mejor manera para tener que ir lo menos posible a hacer la mayor cantidad de cosas posibles y que el tiempo de sufrimiento sea poco.

Voy a sacar fotos desde el piso/bar mientras Marian edita videos en el escritorio. Voy hacia la baranda de estribor, ya que estamos navegando cerca de la costa de ese lado. La cámara de fotos llama la atención de un hombre joven que está al lado. Me pregunta si tenemos un canal de Youtube. Supongo que llegó a esa conclusión porque todos los días nos ponemos a filmar el atardecer con la Go Pro y porque Mariano se la pasa editando videos.

Hablamos un poco sobre el blog y también de lo que vamos viendo. Me muestra los árboles y me va diciendo los nombres. El único que reconozco es el açaí. Me señala un árbol que tiene unas cosas colgando y me dice que, aunque parecen frutos, son los nidos de unos pájaros. Después me señala dos guacamayos volando.

Árbol de acaí, típico del Amazonas de Brasil.

Le pregunto hacia dónde va. Al lado está su novia –supongo- y me contestan que se están mudando un tiempo a São Paulo de Olivença. No pregunto más; no quiero incomodar y mi portuñol no alcanza para profundizar.

¿Y si hoy no cenamos? Me acaba de preguntar Camu…

Nos “rateamos” de la cena y aprovechamos la parada nocturna en Santo Antonio do Iça para bajar a comprar unas empanadas de queso que cenamos contemplando el barco desde la costanera felices a las 9 PM.

Pueblo típico del Amazonas de Brasil

Cuando volvemos al barco, muchos ya están preparándose para dormir. La pose para dormir que más se ve es la de boca arriba, las piernas estiradas no totalmente hacia arriba sino un poco en diagonal para llegar a una posición cercana a los 170°.

Cuando las piernas las ponés hacia arriba, las rodillas quedan demasiados estiradas; casi tanto que parecen que las piernas se van a doblar hacia lado contrario y empieza a doler. Ahí es necesario poner las piernas flexionadas tipo indio.

Algunos intentan un improvisado boca abajo. A veces yo pruebo de costado, con las rodillas hacia la panza; una posición fetal muy auténtica porque me siento como en una bolsa.

Cualquiera sea la pose preferida, ninguna dura demasiado tiempo. Todos van cambiando de una a otra, prueban la que ven en el vecino. El tema -o problema- es que además de cama, la hamaca es silla, y mesa y banco y escritorio y mesada y mesita de luz.

Volvemos a navegar antes de la medianoche. Ahora con menos bichos en el barco, nos vamos a dormir.

Día 6

Se acerca el final

Volvimos a despertarnos al llegar a un pueblo, São Paulo de Olivença. Se supone que es la última parada antes de Tabatinga. Son las seis de la mañana y la mayoría de los pasajeros están despiertos y hablando como si fueran las 10 de la mañana. ¿Cómo hacen?

Durante la noche sufrimos un ataque violento. Con la impunidad digna de piratas profesionales un grupo incontable de mosquitos nos extrajo sangre a más no poder. Ronchas por todo el cuerpo nos demuestran que la aseveración que dice que navegando no hay mosquitos no sería tan cierta, aunque tardó varias noches en ponerse en duda.

Lo primero que hicimos cuando nos despertamos fue agarrar el celular para ver la señal. Lo mismo de siempre, para los usuarios de Vivo hay señal de teléfono, pero no de internet. Aprovechamos el amanecer para sacar unas fotos.

Viendo que el centro del pueblo no está cerca de donde amarró el barco descartamos la posibilidad de bajar a buscar internet. Como probablemente sea la última oportunidad de que alguien tenga conexión le pedimos a una chica si nos presta internet para poder mandar un mail. Solo accedió a enviar un WhatsApp a la gente del hostel en Leticia. Por ahora no respondieron pero seguramente vea nuestro mensaje en el transcurso del día. Eso nos relaja un poco en cuestiones de internet.

Ahora el día está espectacular. La tranquilidad del piso/dormitorio debido a la poca gente que queda nos hace sentir en un lugar de privilegio. Estamos en nuestras hamacas en un ambiente tranquilo viendo el río y el sol pegándole a los árboles de la isla que se encuentra en frente a Sao Paulo. Aprovechamos el momento de relax para leer, escuchar música y escribir.

Las paradas en los puertos se hacen cada vez más largas. En las últimas 24 horas estuvimos parados el mismo tiempo que navegando. Extrañamos la navegación sostenida de los primeros días.

Parece que la llegada del barco a cada puerto es un acontecimiento. No sólo se acercan los hombres que van a bajar todo tipo de mercadería sino también mujeres solas o con amigas o familias. Mientras los hombres transpiran bajo el sol haciendo pasamanos de paquetes y bolsas, el resto de los curiosos se esconde bajo alguna sombra y nos mira. Y nosotros a ellos. Mutuamente nos consideramos como extraños.

El correo llega en bolsas de arpillera. Un montoncito en cada bolsa preparada para llevar más de 100 kilos. Son más de seis bolsas usadas al 10% de su capacidad. De todas las mercaderías que se bajan en cada puerto el denominador común es la cerveza. También llegan cosas a personas particulares. Como a Doña María, por ejemplo. Parece que piensa refaccionar su baño porque hay una bacha para lavarse las manos y una mesada para apoyar la bacha. Quizá no lo vaya a refaccionar sino que va a tener uno por primera vez.

Lo de la parada de hoy ya se fue de las manos. Vamos siete horas. Como en ningún momento supimos cuánto tiempo vamos a estar no nos organizamos para ir al pueblo aunque sea a conocer. Mientras tanto ya desayunamos y almorzamos.

Recién preguntamos en cuánto volvemos a zarpar y nos dijeron en media hora. El principal problema de la falta de movimiento es el aire. El aire que no corre. Ir al baño es como entrar a un sauna. El saber amazónico popular dice que cuando el barco está parado no hay que ducharse. El agua de los baños es agua del río por lo que si está cerca de un pueblo es probable que tenga desechos cloacales. Por eso, ducharnos no es una opción frente al ensopamiento general.

El problema de los baños no es el calor que se tiene adentro ni la poca circulación de aire porque siempre están cerrados para que las puertas no golpeteen. Tampoco que el agua que corre en el inodoro sea la del río. Ni siquiera que el agua para darse un baño esté fría porque justamente es el agua del río. Mucho menos que haya que compartirlo con cientos de personas desconocidas -eso lo hacemos todo el tiempo-.

El problema es nuestro; nuestros parámetros para determinar que un baño está en condiciones -o no, como es el caso- para usarlo para lo que sea. Pienso que para muchas personas que están viajando, los baños del barco están en mejores condiciones del baño que pueden tener en sus casas.

La mayoría se baña una vez al día y se lava los dientes con el agua del río, cada mañana y cada noche. Yo me aguanto las ganas de ir al baño lo más que puedo y me cepillo los dientes con el agua potable. Después de bañarse, las mujeres se visten con ropa que yo usaría para ir a trabajar. Como hasta el momento me bañé dos veces en estos seis días, me cambié la ropa la misma cantidad de veces.

Tanta paquetería da resultado: una de las chicas que se cambia el vestuario dos veces al día está en su hamaca con las piernas entrelazadas con uno de los timoneles.

Un rato antes de salir nuevamente se levantó un viento renovador que obviamente se acentuó con el andar pesado del barco. Ahora llueve un poco y hay resolana.

Pasamos frente a una comunidad que vive sobre el agua. Las casas están todas construidas sobre pilotes aunque están lejos de la costa. Es como que el río no encontró un límite en esa parte. Hay varias canoas que desde la perspectiva que tenemos se ven muy chiquitas al igual que las personas que están ahí.

No se si es por la menor cantidad de gente, pero en las últimas 24 horas vengo escuchando más la música que cada persona decide compartir con quienes ocupamos el mismo piso/dormitorio. Aunque hay un cartel en el que solicitan por favor ser considerado con los compañeros de cuarto (¿?) y escuchar música con auriculares, no todos son muy respetuosos. Por suerte la mayoría sí.

La encargada del viaje nos acaba de decir que llegaremos a Tabatinga mañana a las seis de la mañana. A esa hora tendremos que bajar si o si porque la parada es solo para que bajen pasajeros. El barco tiene que seguir hasta Benjamin Constant.

Antes de la cena, es decir a las 16 hs, vamos al techo. Es una zona prohibida, pero queremos ver desde lo más alto posible la selva amazónica. Apenas son tres metros más desde el piso/bar así que la sensación no es la que esperamos. Sin planificarlo, por primera vez en siete días estamos sin decenas de personas a nuestro alrededor.

Hay un mástil y los botes salvavidas. No me voy a ser la Rose y ponerme a hacer cálculos para ver si alcanzan para la cantidad de personas que viajamos. A simple vista son bastantes –aunque chicos- y en el barco cada vez hay menos gente, así que si llegamos a naufragar creo que vamos a estar bien. Además, navegamos cerca de la costa y los chalecos salvavidas que están enganchados entre los caños donde colgamos las hamacas seguro son un montón.

Estamos a punto de sacarnos una foto cual Rose y Jack en la punta del barco cuando nos interrumpe la encargada. Pensamos que nos va a remarcar que está prohibido estar ahí, pero nos invita a que conozcamos los camarotes.

En la proa del piso/bar están los camarotes: habitaciones de barco con baño privado y balcón particular. Parecen cómodos, de precio razonable, pero para personas con otro tipo de presupuesto; y tienen la desventaja de estar separados de “la gente”. Para nosotros la verdadera experiencia es viajar junto a los locales.

Vamos a la sala de TV, que abren cuando los camarotes están llenos de turistas, y desde ahí  la encargada nos cuenta que las personas que vemos en las canoas en las orillas están cultivando mandioca y arroz pero que posiblemente se pierda la cosecha porque las plantaciones están inundadas, que la comunidad que estamos viendo en este momento es de peruanos, que el canal del río por el que estamos navegando en este momento es un atajo que suele ser una playa en época seca, que el clima está cambiando mucho en los últimos años y que ya no se sabe cuándo es época seca y cuando de lluvia.

Mientras tanto pasa una pareja de guacamayos gritando y volando de un árbol a otro. Y después aparece otra.

Ya nos habíamos acomodado a la vida a bordo cuando la travesía empieza a terminar. La nostalgia nos cayó toda junta. Tanta espera, tantas ilusiones, tanta ansiedad, tantos interrogantes acerca del viaje y de pronto ya está terminando. Ya estamos acostumbrados a las nostalgias viajeras (lo contamos un poco en Los viajeros y las nostalgias), pero no por eso no las sentimos.

Siempre decimos que la intensidad con la que sentimos las cosas al vivir de viaje es uno de los motivos para viajar y no parar de hacerlo. Bueno, acá está la intensidad, brotando por los poros. Miramos el último atardecer desde el barco con un gusto especial. Observamos todo para que no se nos escape ese momento que indefectiblemente se nos va a escapar de la vista pero volverá en forma de recuerdos, borrosos, confundidos; mezclados entre sí cada uno de los seis atardeceres que vivimos en este viaje en barco por el Amazonas.

Atardecer desde el barco viajando por el Amazonas

Cuando clavamos la mirada en el horizonte es cuando tenemos la certidumbre, como diría García Márquez, que es la vida, más que la muerte, -e incluso que la Amazonía, agregamos-  la que no tiene límites.

Día 7

Fin del viaje en barco por el Amazonas

Nos despertó Alice para avisarnos que estábamos llegando a Tabatinga. Eran las cuatro de la mañana. Casi zombis armamos la mochila, descolgamos las hamacas y dejamos el Manoel Monteiro.

Abajo nos juntamos con las francesas. Habíamos sido los únicos cuatro “turistas” de todo el viaje. Unos días antes Camu les había dicho que cuenten con nosotros para lo que necesiten. Como no hablan ni español ni portugués por momentos las veíamos medio aisladas. Un día les cuidamos las cosas para que bajen a visitar uno de los pueblos.

La noche antes de llegar nos preguntaron qué íbamos a hacer luego de bajar y quedamos en hacer la salida de Brasil y la entrada a Colombia juntos. Cuando bajamos del barco era muy de noche y un par de personas tímidamente nos ofrecieron taxi y hospedaje. Con uno nos quedamos charlando más y nos tiró algunos tips. Después nos sentamos en un bar que estaba cerrado hasta que amaneció. Todavía seguíamos dormidos.

El viaje en barco por el Amazonas de Brasil había terminado y, pese a nuestro estado somnoliento, podíamos sentir que se había terminado una de las mejores experiencias que tuvimos en nuestras vidas.

Como si eso fuera poco, además estábamos por dejar Brasil después de haberlo recorrido casi en su totalidad. Si estás por viajar a Brasil no te pierdas “Todo lo que hay que saber para viajar a Brasil

Mirá el video del viaje en barco por el Amazonas de Brasil

¿Cómo hacer el viaje en barco por el Amazonas de Brasil?

De Manaos a Tabatinga o de Tabatinga a Manaos

Esta gran experiencia de viaje en barco por el Amazonas de Brasil con la fue gracias a la compañía de navegación Manoel Monteiro. El tramo que hicimos fue de Manaos a Tabatinga, también se lo conoce como Manaos-Leticia. Leticia es una ciudad colombiana que está en la frontera con Tabatinga, Brasil, pero el barco no llega hasta ahí.

Barco en el Amazonas de Brasil

El viaje duró siete días y seis noches. La duración puede variar en algunas horas, debido al tiempo de las paradas intermedias o al nivel del río. Nosotros llegamos muy temprano a la mañana del séptimo día –cuando Dios descansó-. Sabemos que en otros casos el barco llega cerca del mediodía. Los días de salida de este tramo desde Manaos son los sábados.

El costo del pasaje para este tramo es de 385 Reales por persona. Lo que se paga es el derecho a colgar una hamaca (que tiene que llevar el viajero) e incluye tres comidas diarias: desayuno, almuerzo y cena. Además, durante todo el viaje hay agua potable, fría y caliente, y café a disposición.

También está la posibilidad de viajar en camarote privado. Sale 1200 Reales la doble, matrimonial o cama litera.

El tramo inverso, Tabatinga-Manaos, dura en total cuatro días y tres noches. Sale los días miércoles. El costo es de 220R e incluye lo mismo. (Los precios son de marzo de 2017, para conocer los precios actualizados pueden consultar en el sitio web del puerto de Manaos)

La diferencia de tiempos y por ende de costos radica en que el tramo oeste-este se hace a favor de la corriente lo que hace que la velocidad de la embarcación sea considerablemente más rápida y sin mercadería para descargar.

Datos de contacto

Barco que hace el recorrido por el Amazonas de Brasil


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Si te interesa la navegación y los viajes en barco podés leer, Travesía en Ferri por la Patagonia Chilena, donde contamos cómo fue navegar entre fiordos hasta la Carretera Austral.

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Si te gusta la selva, podés leer Amazonía brasileña para citadinos, donde describimos las típicas actividades que se pueden hacer desde Manaos para conocer la región del Amazonas.

Si te gustó nuestro Diario de viaje en barco por el Amazonas de Brasil o simplemente querés compartir tus impresiones o hacernos una pregunta, nos encantaría que nos dejes un comentario.

Adiós al Amazonas de Brasil

 Esta publicación está patrocinada. Es una de las formas que usamos para viajar: mencionar una marca, empresa u organismo a cambio de un producto/servicio/remuneración. Todo lo que escribimos es subjetivo, está basado en nuestra experiencia y redactado con mucho ♥.
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Acerca de Trayectorias

Somos Marian y Camu, novios, pareja, concubinos, convivientes y compañeros, entre otros rótulos que tenemos acumulados. Hace un tiempo estrenamos uno nuevo, el de viajeros. Luego de varios años juntos decidimos salir a emprender un estilo de vida en permanente movimiento.

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