Viajar y conocer gente: dos caras de una misma moneda.

Viajar y conocer gente no son dos cosas que puedan separarse. Una está siempre vinculada con la otra, son inseparables. Viajar siempre es conocer gente. Y conocer gente siempre implica un viaje.

“Cada persona es un mundo” dice el saber popular –y algún que otro slogan publicitario-. Nuestro saber nos dice que en estos dos años de vivir viajando conocimos más personas que en los 30 y pico de años anteriores. Así que imaginá la cantidad de mundos que conocimos y con los que compartimos el nuestro.

Conocimos muchas personas. Conocimos a personas de las buenas, las que tienen mucho en común con vos, las que no te caen bien –que expresión rara pero visual-, las que son opuestas a vos, las que te hubieses gustado conocer antes y a las que no tenés ganas de volver ver.

Las conocimos por Couchsurfing, por trabajar por intercambio, por trabajar a cambio de dinero, por hospedarnos en hostels donde convivimos con personas todo el mundo –real-, por dar charlas en escuelas e instituciones educativas, por viajar a dedo y por viajar en ómnibus, por hospedarnos por Airbnb en departamentos con cuartos compartidos.  

Viajar y conocer gente
A estas dos personas las conocimos esa misma mañana. A la noche tuvimos una cena inolvidable.

 

Cuando decidimos empezar a viajar teníamos claro que queríamos experimentar otras formas de vivir. No sólo en relación al modo de trabajo y al entorno, sino también a las relaciones personales y a cómo encararlas.

Conocemos personas con las que tenemos mucho en común, con las que rápidamente nos llevamos bien y accedemos a conocer sus vidas, sus pensamientos, sus sentimientos, sus amigos, sus familias. Y así aprendemos.

Conocemos otras personas que no tienen que ver con nosotros, con las que no compartimos casi nada, y sin embargo se nos abren un montón de oportunidades y vivimos experiencias que  no se presentan cuando te llevás bien con alguien. Y así aprendemos

Todo esto se ve potenciado porque, en muchos casos, las personas que conocemos nos abren las puertas de su casa y convivimos por varios días. Hemos convivido (bajo el mismo techo en más de 70 hogares conformados por una o por hasta cinco personas. Las costumbres, maneras de pensar, filosofías, cosmovisiones, profesiones, oficios, gustos, manías, obsesiones, afiliaciones políticas y creencias religiosas que hemos conocido son una fuente inagotable de sabiduría e inspiración.

Viajar nos relaciona con tanta gente que de a poco vamos aprendiendo a abrir nuestro mundo y a meternos en el de los demás y así experimentar diferentes –y singulares- maneras de vivir. En algunos casos nos hicimos amigos y nos conforta saber la red de amistad y relaciones que estamos formando por todo el continente. En otros casos no volveremos a hablar, pero siempre vamos a estar agradecidos de que una persona haya querido compartir su mundo con nosotros.

Definitivamente las personas, cada una con su historia particular, son uno de los motivos por los que elegimos vivir viajando. Todas las historias son particulares y en esa particularidad radica lo especial de cada encuentro. Viajar y conocer gente siempre va a ser una fuente de experiencias únicas. Esta es una lista que hicimos de esas historias de acuerdo a cómo fueron apareciendo en la cabeza, sin reflexión y sin censura previa.  

Una pareja de colombianos viviendo en Porto Alegre que alquilaban el cuarto que tenían libre para poder pagarse los materiales de la universidad.

Un señor camionero que viajaba por el norte de Chile con fiebre y que estaba enamorado platónicamente –o no verdaderamente- de la señora que atendía un comedor en medio de la ruta del Desierto de Atacama.

Una mujer que a los 16 años dejó su ciudad escapándose de sus papás y ahora vive con sus dos hijos en una casita sobre la playa con luz provista por energía solar y vende panes en la playa.

Una familia de franceses con tres niños con los que nos comunicábamos por Google Translate y a través de los juegos.

Un español loco por los loros que se fue a vivir a la amazonía boliviana y creó una fundación para salvar a una especie en extinción.

Un joven indígena de Bolivia que lo eligieron presidente de una asociación de turismo comunitario que nos invitó a pasar una semana en su comunidad para que los ayudáramos a mejorar la comunicación.

Una mujer embarazada con dos hijos que no paraba de repetirnos que se sueño era viajar por el mundo tocándose la panza y con lágrimas en los ojos.

Un estadounidense de 70 años que desde que se quedó viudo disfruta de viajar y pescar por la Patagonia.

Un adolescente de Haití que viajó a Guayana Francesa con la ilusión de estudiar y tener una vida mejor y que seis meses después sigue esperando los papeles migratorios (todo esto lo supimos gracias a una chica originaria de Guayana que a nosotros nos hablaba en portugués y al chico en francés y hacía de traductora).

Un pediatra de Río de Janeiro que se enamoró de la amazonía y se fue a trabajar con las comunidades indígenas y mientras tanto se casó dos veces y se separó cuatro.

Una mujer a quien le pedimos por favor que nos llevara en el auto durante miles de quilómetros sin conocernos y después nos invitó a salir con sus amigas.

Un pibe francés que nos recibió en su casa con la mejor buena onda y la noche de Año Nuevo nos llevó en su auto borracho (alcoholizado) aunque le pedíamos por favor que nos bajara o nos dejara manejar a nosotros.

Como verán los encuentros son siempre diversos y siempre nos llevamos algo, incluso en las experiencias no tan positivas. Viajar y conocer gente van siempre de la mano, así que vivir viajando también nos implicó aprender a relacionarnos.

Si querés conocer otros motivos para vivir viajando no te pierdas: “5 motivos para viajar y no parar nunca más.”

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