Días de paz y noches de terror en la selva amazónica colombiana

Pasar dos días internados en la selva nos permitió conectarnos con la paz y armonía propia de la naturaleza más exuberante del planeta. Pasar dos noches internados en la selva nos permitió conectarnos con un miedo aterrador, el miedo a lo desconocido. Como verán, la selva amazónica colombiana nos regaló 48 horas de sensaciones muy intensas.

 

Si bien ya veníamos en contacto con el amazonas desde Brasil teníamos pendiente pasar algunas noches literalmente en la selva. En busca de esa oportunidad, dimos con Hipilandia Eco Hostal, un hospedaje en medio de la Reserva Natural Victoria Reggia, a 20 minutos de la ciudad de Leticia.

Además de experimentar La Selva, la idea de estar casi solos, después de haber pasado siete días en un barco con cientos de personas, era perfecta.

Selva amazónica colombiana

A continuación una crónica sobre cómo es pasar dos días en la selva amazónica colombiana.

Internados en la selva por 48 horas

Tomamos una barcaza en Leticia hacia la Reserva Natural Victoria Reggia. Pagamos 20 mil colombianos y en 20 minutos bajamos en Hipilandia. Lo primero que nos llamó la atención del hostal fue su mirador, una estructura de madera que tiene de alto unos dos pisos y desde donde se puede ver el Amazonas y Perú, que está en frente. Detrás del mirador, le sigue el resto del complejo, algo así como un quincho sobre palotes, sobre están las áreas para dormir, la cocina y los baños.

Selva amazónica colombiana

Acomodamos nuestras hamacas en un espacio amplio de techos altos. Éramos los únicos y junto a dos encargados del hospedaje íbamos a pasar las próximas 48 hs en medio de la selva amazónica, esta vez, del lado colombiano.

Fuimos en época de lluvia, eso significó que muchas zonas de la reserva estaban inundadas y también que el cielo casi nunca estuvo azul.

La tranquilidad del lugar era inigualable. A modo de reconocimiento, caminamos por una pasarela de madera sobre una zona pantanosa desbordada por las lluvias. El agua de los costados ni se veía, todo estaba cubierto por las Victoria Reggia, esa planta típica del amazonas (que ya habíamos visto en la Amazonía brasilera y la Pre-amazonia boliviana). Se caracteriza por sus hojas enormes que se despliegan redondas y perfectas sobre el agua.

Los sonidos que se escuchaban solo eran los de la naturaleza; gotas cayendo sobre el agua y las hojas, algún movimiento de los árboles y el canto de algún pájaro.

Selva amazónica colombiana

Selva amazónica colombiana

Una paz difícil de encontrar en otro contexto. Nada nos hacía sospechar el terror que nos esperaba.

Cada tanto, cuando el viento lo disponía, se escuchaba, a lo lejos, alguna música de una comunidad cercana. Nunca supimos cuán lejos o cerca estaban esas comunidades porque los caminos no estaban accesibles.

Con la poca yerba que nos quedaba armamos unos mates que fueron eternos mientras mirábamos el atardecer, primero en unos bancos de madera y después desde el mirador de Hipilandia. Hace rato, desde Brasil, que nos quedamos sin palabras para describir los atardeceres amazónicos. 

Selva amazónica colombiana

Cuando bajó el sol, empezaron a aparecer los primeros mosquitos que con un poco de repelente intentamos alejar de nuestras pieles.

La energía eléctrica en la Reserva está solo disponible por períodos, así que aprovechamos que hasta las 22 horas había algo de luz para prepararnos de comer. Prendimos un fuego en la cocina a leña, calentamos agua y cenamos bajo la luz de las velas, porque la lamparita disponible no llegaba a alumbrar lo suficiente.

La luz se apagó y las velas se consumieron. A medida que fue desapareciendo la iluminación, primero la natural y después la artificial, iban aumentando los sonidos de la selva. Como una orquesta, los sonidos se encadenaban en un compás perfecto que componían una melodía intensa. Mientras comíamos, esa música de fondo pasaba desapercibida, pero cuando nos fuimos a dormir tomó total protagonismo.

Selva amazónica colombiana

No sabemos por qué cuando se cortó la luz los sonidos se hicieron más fuertes. En realidad sí sabemos, lo que pasó que los sentidos se agudizaron; por los menos el del oído.

Es imposible describir lo que se escucha a la noche en medio de la selva. Es como si cobrara vida un mundo que durante el día está dormido.

Podríamos haber imaginado, como en una película de Disney, sapos, grillos, monos, guacamayos, serpientes, todos aportando a la sinfonía con un canto y baile sincronizado. Sin embargo, en la realidad, la sensación fue diferente.

El lugar en el que dormíamos, si bien estaba muy protegido de la lluvia, no tenía paredes, apenas tenía unas barandas. La sensación de desprotección a la noche se hizo presente; notamos lo que en realidad era obvio. Estábamos durmiendo en medio de la selva amazónica de Colombia sin siquiera una pared que nos separe del entorno. Un entorno hermoso de día, pero desconocido e intrigante de noche. No poder ver lo que había a metros nuestro nos dejaba muy intranquilos. No sabemos por qué razón uno se siente protegido por la luz; como si tuviese una propiedad supernatural que aleja a todo lo malo.

A oscuras nos fuimos a dormir en nuestras hamacas protegidas con súper mosquiteros. Tapados con nuestras bolsas de dormir hasta la frente y tratando de no pensar en la desprotección que sentíamos, en algún momento, logramos conciliar el sueño.

Selva amazónica colombiana

De repente algo nos despertó. Era una respiración. Agitada, exaltada, intensa. En medio del sueño no entendíamos bien qué pasaba, pero estábamos seguros de que algo pasaba. Los tablones de madera del piso crujían. A lo lejos uno de los responsables de Hipilandia alumbró con una linterna hacia nuestras hamacas. Si él escuchó ruidos es porque nosotros no los soñamos, eran reales. Nuestras hamacas estaban a dos metros de distancia entre sí. No nos hablamos, pero los dos estábamos bien despiertos y sin poder ver nada. De pronto, escuchamos algo caer al piso, el ruido vino de la cocina, que estaba pegada al espacio en el que dormíamos.

En pocos segundos imaginamos todo lo malo. ¿Habrá entrado alguien de una comunidad vecina a robar? O peor, ¿un yaguareté nos estaba rodeando para comerse todo, incluido nosotros? Fueron segundos, pero parecieron años. La sinfonía musical selvática seguía constante, como toda la noche. Quedamos alertas y alterados, pero el intruso no dio más señales y nos fuimos metiendo de nuevo en el sueño.

Es imposible describir lo que se escucha a la noche en medio de la selva; como si cobrara vida un mundo que durante el día está dormido. Clic para tuitear

Con los primeros rayos de sol despertamos festejando no haber sido comidos o atacados por alguien o algo. Luego de chequear que estaban todas nuestras cosas, también festejamos que ningún intruso nos había robado.

No sabemos a qué le tuvimos más miedo: si a la posibilidad de que un animal salvaje nos comiera, si un hombre de la selva se apareciera en medio de la noche y nos robara o a sentir alguna presencia misteriosa en el ambiente.

“Habrá sido un perro de algún vecino” dijo con toda la tranquilidad del mundo Gerald, uno de los que cuidaba Hipilandia. Nunca se nos cruzó por la cabeza que podía ser un simple pichicho. Una muestra más de cómo el miedo se genera a partir de lo desconocido. Al no conocer la selva y cómo es la vida allí, imaginamos cosas muy alejadas de la realidad.

El miedo nos hizo sentir una experiencia misteriosa, el animal que apareció fue un perro -o más de uno- y su salvajismo fue por el hambre y lo descargó con el tacho en el que estaban los restos de comida. Si en algún momento, los sonidos que sentíamos en las tablas fueron producto de un hombre caminando por ahí, no nos robó nada ni tampoco nos hizo nada.

La noche de tensión nos había dejado cansados, así que nos quedamos en las hamacas hasta las siete, pese a que había amanecido bastante antes. Los dos tuvimos pesadillas. Ninguno le contó al otro de que se trataron; sólo que en ambos casos fueron horribles. Los colibríes que revolotean nuestras hamacas nos dieron la señal de que todo estaba en paz nuevamente.

Selva amazónica colombiana

La mañana estaba fea, muchas nubes y una humedad y calor creciente nos desalentaron a recorrer la zona. Cuando abrió un poco el cielo fuimos a caminar hasta donde la inundación nos dejó.

Selva amazónica colombiana

Al mediodía el sol se puso muy fuerte, después de la caminata truncada nos metimos en el Río Amazonas para refrescarnos. De repente empezamos a pensar en las pirañas y los cocodrilos y salimos corriendo.

Selva amazónica colombiana

Aprovechamos la tarde para leer y escribir. La tranquilidad de la selva amazónica a la tarde nos ayudó a inspirarnos y concentrarnos como ninguna otra cosa. La armonía del entorno parece mágica. Todo se sucedió con una fluidez asombrosa. A esa situación le agregamos unos mates y se volvió inmejorable.

La luz del día fue apagándose, las nubes nos quitaron el atardecer y a medida que aparecían los mosquitos íbamos refugiándonos dentro de Hipilandia. La sinfonía selvática volvió a aparecer y de pronto sentimos la intranquilidad en nuestro cuerpo. Se venía una nueva noche.

Selva amazónica colombiana

Compartimos la cena con Gerald. A la luz de las velas comimos nuestras sopas instantáneas mientras él nos contaba algunas historias de su experiencia viviendo en la selva que rozaban lo sobrenatural. Definitivamente no era lo que necesitábamos.

Las velas se consumieron y nos dirigimos a nuestras hamacas, otra vez. La noche estaba fresca, más que la anterior. A los 5 minutos de acostarnos, comenzó a llover. Si la selva de noche tiene un montón de sonidos, imaginen con lluvia. Las gotas rebotaban en el techo con una fuerza propia de la exuberancia amazónica. El ruido por momento era ensordecedor. Entre el miedo que nos quedó de la noche anterior y el ruido de esta, dormir era imposible. “En un rato va a parar”, pensamos los dos. La cuestión es que no paró en toda la noche. El viento de costado hacía que nos peguen algunas gotas en la frente. Apenas pudimos dormir en momentos fragmentados, cuando la lluvia disminuía un poco. Cuando se volvía más fuerte, nos despertaba. Con el antecedente de la noche anterior bien fresco, el miedo no ayudaba a conciliar el sueño. Si bien la lluvia tapaba cualquier sonido extraño, por otro lado daba más lugar a que imaginemos todo tipo de animal o sujeto extraño merodeando las hamacas.

Cerca del amanecer el cansancio nos venció y finalmente la lluvia pasó a segundo plano. Otra noche en la selva otra noche de terror.

Al amanecer, la lluvia paró. Cuando bajamos de las hamacas teníamos la preocupación de que esté todo inundado. Sin embargo, el entorno apenas se había modificado, pese a unas ocho horas de diluvio ininterrumpidas. La magia del Amazonas. Cansados por la mala dormida y alterados todavía por el miedo, pasamos nuestras últimas horas de selva amazónica colombiana mirando el río.

El tiempo que pasamos internados en la selva amazónica colombiana no fue mucho, apenas 48 horas. Sin embargo, fueron dos días tan intensos como reparadores. La paz y la soledad que experimentamos durante los días nos permitieron renovar energías después de muchos días de navegación. El miedo aterrador que sentimos por las noches nos dejó pensando en cómo lo desconocido nos produce incomodidad e incertidumbre. Sabíamos que el miedo que sentíamos no tenía sustento racional, no teníamos motivos reales para preocuparnos; sin embargo ninguna de las noches pudimos racionalizar nuestro sentir.

Estas experiencias nos ayudan a conocernos a nosotros mismos, a conocer más el mundo que nos rodea y a desafiar nuestras limitaciones. Por eso, entre otros motivos, elegimos vivir viajando.

Se hicieron las 12 del mediodía y paramos a una barcaza que estaba volviendo a Leticia y por 10 mil colombianos volvimos a la ciudad en busca de algo de comodidad.

La previa y el post en Leticia

Leticia es una muy bonita ciudad de la Amazonía colombiana, sin dudas la más atractiva de las tres que componen la triple frontera entre Brasil, Colombia y Perú. Estuvimos ahí antes y después de meternos en la selva amazónica colombiana. Llegamos a Leticia, luego de cruzar la frontera desde Tabatinga, Brasil, a donde habíamos llegado navegando desde Manaos. Como estábamos muy cansados de los días en barco preferimos pasar una noche en Leticia antes de internarnos en la selva colombiana.

Aprovechamos para hacer migraciones de Colombia, cosa que si bien es obviamente obligatoria, puede omitirse ya que para cruzar la frontera desde Tabatinga no te lo imponen. Sellamos nuestros pasaportes en un nuevo puesto de Migración que queda sobre el Río Amazonas en la frontera con Santa Rosa, Perú. Hasta hace poco tiempo la única opción para sellar el ingreso y la salida de Colombia era ir al aeropuerto que queda a unos  kilómetros del centro de la ciudad y no es cómodo para los que no deben subirse a un avión. Este nuevo puesto seguramente ayuda a cambiar la costumbre que muchos tienen de omitir el ingreso legal a Colombia cuando van de Brasil a Perú o viceversa.

Además de descansar, conectarnos a internet y dormir en una cama luego de una semana de hamaca, también aprovechamos para comprar comida y agua para nuestros días en la selva. Sabíamos que Hipilandia tenía instalaciones para cocinar, así que compramos víveres y algunos litros de agua mineral.

Cuando volvimos de la selva amazónica colombiana, nos quedamos varios días más en Leticia, para recargar energías, trabajar y lógicamente aprovechamos para recorrer un poco de la ciudad. Si tienen que elegir un punto de la triple frontera para parar, sin dudas quédense en Leticia. Hay muchas otras opciones para conocer a los alrededores como la Isla de los Micos o incluso ir hasta Puerto Nariño.

Dónde hospedarse en Leticia (y en la selva amazónica colombiana)

Hipilandia

Desde ya recomendamos tener una experiencia como la nuestra en medio de la selva. Para eso pueden hospedarse en Hipilandia, dentro de la Reserva Victoria Reggia, que queda a 20 minutos de Leticia y se accede en lancha.

Las instalaciones están pensadas para que la estadía sea en total relación con la naturaleza. Sin lujos -de hecho muy precario-, pero con lo necesario. Para nosotros fue una muy buena opción para, de manera económica, poder tener una experiencia de contacto total con la selva amazónica colombiana.

En Leticia nosotros paramos en varios lugares:

La Tribu Hostel

Un hostel básico y muy bien ubicado. Ideal para pasar la noche cerca de todo. La conexión a internet funciona bastante bien teniendo en cuenta lo mal que funciona en toda Leticia.

El Hostel de Leticia

Un prolijo y cómodo hostel a 4 cuadras de la plaza. Con lindos baños, cocina y desayuno incluido, pero sin internet. (En Leticia suele ser muy mala la conexión y en algunos lugares directamente no llega)  Según nos contaron los dueños, en breve se estarán mudando para dar más comodidades.

selva amazónica colombiana

Tanto Hipilandia como La Tribu y el Hostel son gerenciados por los mismos dueños. Acá dejamos los datos:

 Esta publicación está patrocinada. Es una de las formas que usamos para viajar: mencionar una marca, empresa u organismo a cambio de un producto/servicio/remuneración. Todo lo que escribimos es subjetivo, está basado en nuestra experiencia y redactado con mucho ♥.
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Acerca de Trayectorias

Somos Marian y Camu, novios, pareja, concubinos, convivientes y compañeros, entre otros rótulos que tenemos acumulados. Hace un tiempo estrenamos uno nuevo, el de viajeros. Luego de varios años juntos decidimos salir a emprender un estilo de vida en permanente movimiento.

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