Viajar para salir de la zona de confort

Sin dudas existen muchos motivos para viajar. Una de las razones que a nosotros más nos siguen motivando para vivir de viaje es que permanentemente nos hace salir de la zona de confort. Seguramente habrás escuchado y leído mucho sobre “la zona de confort”, esa idea que hace referencia a que la vida cotidiana nos coarta la creatividad y la posibilidad de cambio porque nos acostumbramos a vivir de la forma en la que lo hacemos. A nosotros por momentos nos resulta trillado y otras muy ejemplificador.

Los desafíos personales que implica salir de la zona de confort son unos de los grandes motivos para viajar por largo tiempo.

¿Qué implica salir de la zona de confort?

La comodidad

Este es acaso el desafío más palpable que tenemos desde el día uno, en el que empezamos a vivir de viaje. Comodidad en sentido literal. Viajamos de cualquier manera, desde en una caja de camioneta hasta en el mejor bus que pueda existir o en avión en clase… económica. Hemos llegado a alquilar un auto (Hertz) y “recordar” nuestra vida motorizada en Buenos Aires. Dormimos de cualquier manera, desde en una manta en el piso hasta el sommier más esponjoso. Comemos de cualquier manera, desde sopa en una bolsa caminando en un mercado hasta el mejor menú de hotel (pero de Bolivia, donde es bien barato).

Una semana conviviendo con más de 100 personas.

Y también comodidad en sentido no tan literal. Podemos estar incómodos con el entorno, con la cultura que nos rodea, con las condiciones de trabajo, con el clima. En todos los casos el desafío es muy grande. Nuestra capacidad de adaptación evolucionó increíblemente en estos años y la verdad es que no nos quejamos ni un día (mentira total).

Ya sabemos que la comodidad que teníamos no nos hacía plenos (Camu lo cuenta en “El día que renuncié a ser empleada pública para viajar por el mundo“). Y esta “incomodidad” que muchas veces enfrentamos nos resulta mucho más cómoda que la que teníamos en nuestra vida sedentaria.

Los prejuicios y preconceptos

Viajar por largo tiempo es como hacer un doctorado en derribar prejuicios. Lamentablemente estamos acostumbrados a movernos con prejuicios. Lo que no conocemos solemos imaginarlo desde los prejuicios. Ahí aparecen cosas como “cuando llegas a un país siempre te quieren cagar”, “si comés en la calle te va a caer mal”, “no hay que andar por lugares que no se conocen”, “no hay que hablar con desconocidos”, “al turista siempre lo van a engrupir”, “viajar es caro”, “no vayas a Paraguay que no hay nada para ver” (¿?) .

No decimos que estas cosas no puedan ser ciertas. Decimos que vivir desde el prejuicio es negarse a conectar con los lugares y las situaciones. Viajando estamos todo el tiempo frente a prejuicios que se caen a pedazos. ¿Cómo puede ser que en un lugar tan inseguro nos traten tan bien? ¿Cómo puede ser que tomemos agua de la canilla y no nos pase nada? ¿Cómo un desconocido nos va a pagar un taxi? En fin, todos tenemos muchos prejuicios y viajando ejercitamos mucho cómo hacer para ir derribándolos.

Areguá, un pueblo de Paraguay que nos encantó.

Es un desafío interno tener que despojarse de esos prejuicios que vienen hace años condicionando nuestra forma de ser y estando de viaje sentimos que todos los días se nos presentan oportunidades para ejercitarlo.

La timidez y vergüenza

Los dos tenemos pánico escénico. No nos gusta encarar a un desconocido para pedirle que nos lleve hasta algún lugar en su auto, mucho menos negociar un precio. Somos tímidos cuando estamos en encuentros con desconocidos y siempre pensamos que podemos quedar como personas “poco sociables” así que uno codea al otro para que tome la iniciativa. Imaginate cuando nos invitaron a una clase de teología protestante en Brasil y todos los alumnos se acercaban a darnos la bienvenida.

 

En un casamiento hindumulsulmán y vestidos según la tradición.

Al viajar hay que comunicarse para comer, subirse al transporte, moverse en la calle, con las personas que te reciben, con la personas que te lleva en su auto. Cada una de esas instancias para nosotros es incómoda y aunque sería más fácil quedarse en Buenos Aires donde todo es conocido preferimos enfrentarlas porque sabemos que lo que viene después lo disfrutamos muchísimo más.

Los esfuerzos físicos

Por si tenías alguna duda lo dejamos claro: nunca vas a vernos viajar en bicicleta. A lo sumo un recorrido de dos horas por alguna ciudad llana. Mucho menos somos deportistas extremos: cada vez que en Chile nos nombraban algo relacionado a “ascender un volcán” nos alejábamos de esas personas. (Además en Chile dicen “ascensión” y nos acordábamos de la virgen). Pero sí nos gusta hacer pequeños -grandes para nosotros- esfuerzos físicos.

Aunque sabíamos que durante la semana que pasaríamos en la Chapada Diamantina íbamos a subir y bajar de todos lados, nos decidimos a ir. Y aseguramos que fue una experiencia increíble –más allá de todo lo que transpiramos-. (Lean la nota de la “Chapada Diamantina para todos los gustos” más tarde). Y en Chile una vez directamente nos dimos por vencidos y dimos la vuelta (pueden leer “El mirador desde el que no miramos“). Desde ese día, empezamos a hacer dieta y desayunar fruta y yogur cada vez que están dadas las condiciones –tengan en cuenta que en algunos lugares se desayuna guiso y en otros no existe la granola-.

Los miedos (Por Camu)

Le tengo miedo al avión porque creo que se va a caer durante el despegue, al viajar en bus de larga distancia porque creo que el chofer va a quedarse dormido, a viajar a dedo porque pienso que todos son inconscientes, a subirme a un barco porque creo que se va a hundir. Seguramente si viviera de manera sedentaria cada una de estar oportunidades de tener miedo se reducirían considerablemente. Pero sería muy angustiante que esos miedos me impidan hacer lo que me gusta: vivir de viaje. Entonces trato de superarlos día a día, salir de la zona de confort todos los días, y cuando no puedo trato de sobrellevarlos.

Marian no lo va a decir, pero le tiene miedo a los precipicios. Él ni se acerca y cuando me acerco yo ni me mira. Todavía no se cómo se animó a tirarse de un edificio cual spiderman. (Mírenlo acá). Y lo mismo nos pasó –sí, a los dos- al hacer la Camino de la Muerte en Bolivia en bici. Al mismo tiempo que pedaleábamos nos preguntábamos cómo se nos había ocurrido hacer esa locura.

Motivos para viajar - Salir de La Zona de confort
Acá, en la Ruta de la Muerte, pasándola bien.

Lo que más nos gusta de nuestro estilo de vida itinerante es que nos pone a prueba. Nos obliga a cambiar, a ser mejores personas, a salir de la zona de confort. A pulir las cosas con las que no nos sentimos a gusto. Es tal la intensidad con la que vivimos todo que si hay algo que no nos cierra lo tenemos que hacer cerrar. Y la forma de hacerlo cerrar es identificar el problema y ver cómo resolverlo. Y para resolverlo siempre tenemos que cambiar algo, algo de nuestra manera de actuar o de pensar.

Esto aplica a nuestra relación como pareja, pero también a nuestra relación con el entorno y a la relación con nosotros mismos. Esto nos pasa todo el tiempo y si bien es arduo y trabajoso, también es placentero cuando sentimos que maduramos como personas y que aprendemos a resolver lo que el camino nos propone.

Nos imaginamos que este es el principal desafío personal de cualquiera. Lo que nos pasa ahora es que, al salir de la zona de confort, nos sentimos mucho más exigidos por nosotros mismos por convivir las 24 horas del día entre nosotros -somos pareja, compañeros de trabajo, amigos, vecinos; todo al mismo tiempo- y con muchas otras personas que vamos conociendo en el camino.

  • Salir de la zona de confort es uno de los principales motivos por los que elegimos viajar, pero la verdad es que hay muchas razones para viajar. Si querés conocer otros motivos para vivir viajando no te pierdas: “5 motivos para viajar y no parar nunca más.”

 

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