Montevideo: la capital que mira al Río de la Plata

Montevideo fue la primera ciudad capital que visitamos desde que emprendimos el viaje. Teníamos bastantes expectativas. Marian porque de chico la había visitado y tenía recuerdos vagos. Camu porque no tenía ninguna referencia y le intrigaba saber cómo podía ser la capital de un país que tiene una población total de tres millones de habitantes (es decir, casi la misma cantidad de personas que viven en la Ciudad de Bs.As).

Llegamos a Montevideo un domingo alrededor de las 18.30 hs por la autopista que la une con Colonia del Sacramento. Una chica nos levantó en su auto a 150 km de la ciudad y desvió su camino a Atlántida para meterse en el centro y dejarnos al lugar exacto a dónde íbamos.

Cuando le dijimos que podía dejarnos en la periferia, nos respondió: “Es domingo, no hay nada para hacer”. En nuestro imaginario estaba la idea de que ingresar un domingo por la tarde a la capital del país era entrar al infierno: caos de tránsito por la gente que llegaba de pasar el fin de semana a las afueras y regresaba para comenzar la semana laboral. Que equivocados que estábamos. Recorrimos los casi 10 km del Boulevard Gral. Artigas (una de las avenidas principales) sin frenarnos más que en algunos semáforos.

Fue una gran primera impresión: Montevideo se nos presentaba como una ciudad capital que, en principio, no colapsaba, no desbordaba de gente, no se atascaba por el tránsito.

La parada fue en Punta Carretas, un barrio que literalmente queda en una punta –geográficamente hablando- con dirección al sur. Una punta que se adentra en el Río de la Plata y desde dónde se puede apreciar casi en su totalidad, para un lado y para otro, los más de 30 km de la rambla. Esa fue la segunda buena impresión sobre Montevideo: una ciudad que mira de frente al Río de la Plata.

Nuestro itinerario por la ciudad estuvo focalizado en tres zonas: La Ciudad Vieja, el Centro ( la nueva y moderna ciudad) y los barrios de Pocitos y Punta Carreta, una zona residencial desde donde se disfruta la rambla.

Recorrido por el centro histórico

La Ciudad Vieja es el antiguo centro donde predomina la arquitectura de la época colonial y de los primeros años posteriores a la independencia. Aquellas construcciones que están en buen estado pueden trasladarte a esa época en un instante. Las que no están en buen estado pueden hacerte sospechar que no hace mucho tiempo la ciudad sufrió un bombardeo. Por suerte son más la del primer tipo que las del segundo, aunque no por mucho.

Un posible recorrido es comenzar en el Teatro Solís, una imponente construcción del siglo XIX en la que se ofrece una muy cálida y original visita guiada (no sabemos por qué pero el día que fuimos nosotros fue gratuita).

Pasillo de la sala principal del Teatro Solís. Alfombra roja y plástico para que los que hacen la visita no la arruinen.

Nos llevaron a recorrer las dos salas. La principal (y tradicional) de asientos de pana roja, intervenida por artistas italianos y con una araña de cientos de bombitas de luz y que pesa una tonelada. Y otra sala  con la iluminación al descubierto, gradas con asientos de madera, y la posibilidad de tener un escenario de cuatros frentes. Nos contaron de su historia, íntimamente ligada a la historia de los montevideanos, de los incendios y de las restauraciones y políticas de apertura al público que hicieron posible que hoy el Teatro Solís sea accesible para todos. Una entrada promedio sale más barato que comer en algún puesto de la calle.

También aprendimos sobre el carnaval y el candombe a partir de unas pequeñas intervenciones musicales -es sorpresa, pero no nos aguantamos las ganas de compartirlo-.

Después de quedarse con ganas de comprar una entrada para ver una obra en el teatro, podría cruzarse a la Plaza de la Independencia, sacarle unas fotos a Artigas en su caballo e ingresar “oficialmente” a la Ciudad Vieja por la Puerta de la Ciudadela. Ahí comienza la peatonal, llamada Sarandí, en la que hay varios comercios, lugares para comer, algunos puestos callejeros de venta ambulante -artesanías, libros- y muchos oficinistas. A medida que se avanza sobre la peatonal, la gente va desapareciendo, los comercios se intercalan con casas y los locales de comida se vuelven más baratos.

Chucherías de los vendedores ambulantes.

A los 10 minutos de caminata, llega un punto en el que parece que la Capital se transformó en pueblo, con todas sus virtudes -en principio, menos ruidos y más espacio para caminar. Es cuando Sarandí se cruza con otra peatonal, Pérez Castellano. En ese punto es bueno hacer un paneo -puede ser un giro de 360°- y, aprovechando lo elevado de la zona, buscar al Río de la Plata que aparece entre las calles. Luego -asegurándose no estar mareado por el giro- conviene doblar a la derecha y seguir caminando por esa otra peatonal.

A las pocas cuadras van reapareciendo los rastros de “Capitalosidad” otra vez, aunque por esta peatonal todo parece un poco más pintoresco. Esa impresión se termina de confirmar al llegar al Mercado del Puerto. Si mínimamente te gusta la gastronomía, no podés dejar de dar una vuelta por este gran galpón rectangular de techos altos -estructura típica de mercado- y emplazado a metros del río.

El Mercado del Puerto es algo así como un gran patio de comidas en donde las múltiples parrillas se disputan la elección de los turistas. La estructura de barra al paso y parrilla exuberante predomina y las mesas se confunden en los espacios comunes. La clara orientación turística del mercado se nota en la abundancia de promotoras, ofreciendo el mejor menú, la mejor promoción, la mejor ubicación y, en consecuencia, en la cantidad de extranjeros. El rasgo local se encuentra en la barra, en la que oficinistas cortan su rutina con un choripán. También en los locales periféricos que ofrecen menús más baratos a cambio de una ambientación de la barra y de las mesas bastante menos suntuosa.

Puestos, mesas y personas en el Mercado del puerto. Y un reloj también.

Ya todos saben o deberían saber (si nos vieron en alguna foto) de nuestra pasión por la comida. Si bien el Mercado del Puerto nos resultaba un poco caro, no pudimos resistirnos. En Uruguay, durante el verano, a modo de compensar el impuesto argentino a las compras en el exterior, se realizó un descuento importante en gastronomía a todas las compras con tarjeta de crédito o débito. Por eso, como hicimos durante toda nuestra estancia en Uruguay, buscamos dentro del Mercado un lugar que acepte este medio de pago. Pese al descuento, sabíamos que nos iba a salir mucha plata, por lo que decidimos sentarnos, relajarnos y gozar. Un matrimonio (chorizo y morcilla) y una porción de riñón acompañados de papa plomo al roquefort estuvieron bien para reponer energías. Terminamos pagando algo así como 300 pesos argentinos.

Pegado al Mercado se encuentra otra parada obligada de Montevideo: el Museo del Carnaval. Los grupos teatrales (murgas, humoristas y parodistas), los corsos y desfiles y los bailes son las principales formas en las que se expresa el Carnaval en Uruguay. La calle o el “tablado” son los escenarios principales.

Los cabezones del carnaval.

El carnaval, como en todos lados, es una expresión que empezó como el festejo rebelde de los oprimidos y en Uruguay llegó a la máxima institucionalización en 2007 declarado por el Poder Ejecutivo como de interés nacional. Aunque no hace falta una ley ni un museo para saber que el carnaval es la máxima fiesta popular uruguaya.

Un dato: Si comés en el restaurante del museo (gauchito, con menú ejecutivo) la entrada es gratis. La salida vemos.

Paseo por el centro moderno

En general se habla del centro de una ciudad sin hacer referencia al nombre real del barrio o los barrios que lo componen. Por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires, todos saben a que se refiere uno cuando habla del centro sin que haga falta nombrar a los barrios de Retiro, Montserrat o San Nicolás. De hecho, hacer referencia a los nombres “oficiales” de los barrios que componen el centro es mucho menos frecuente. En el caso de Montevideo, esto no ocurre, ya que en un acto de “optimización” envidiable el centro queda en el barrio llamado… Centro.

Hecha la aclaración, podemos decir con precisión que todos nuestros recorridos por Montevideo comenzaron desde el Centro. Allí es donde quedaba nuestro hostel. La ubicación era de lo mejor debido a que teníamos fácil acceso a pie a casi todos los principales puntos de la ciudad. El Centro ya de por sí es una zona que merece una buena recorrida. La avenida principal del Centro es la 18 de Julio, que comienza en la Plaza Independencia y es por la que caminábamos para ingresar a la Ciudad Vieja.

La diagonal Av. Lavalleja te lleva desde el Centro hasta el Palacio Legislativo. En el camino uno puede ir parando y levantar la cabeza para ver el Congreso que se encuentra imponente al final del recorrido. Al llegar al final de la diagonal se puede comprobar una de las mejores virtudes de los uruguayos. Para que nosotros, peatones, crucemos en hora pico la avenida de seis carriles que nos separaba del edificio solo tuvimos que poner un pie en la senda peatonal. Los autos frenaron mágicamente (o no tanto) y nos dejaron pasar. Luego de superar el asombro pudimos ingresar al Palacio

Mucho mármol y todo así de recargado.

De la visita guiada al Congreso uruguayo nos llevamos la impresión de que gastaron mucha plata en su construcción -es más bien una convicción-. Mármol, vitrales, murales, maderas de nogal y caoba. Incluso, la guía nos confesó que la manutención del edificio es muy costosa para el Estado por lo que están intentando que sea declarado Patrimonio de la Humanidad con el objetivo de conseguir fondos. Además, esa es la razón por la que cobran un “bono contribución” como entrada.

A parte de la cuestión arquitectónica y los datos históricos, hacer la visita guiada nos sirvió para darnos cuenta que la vida política uruguaya es más compleja de lo que pensábamos y que no es tan fácil ubicar en las bancas de diputados y senadores a los integrantes del Partido Colorado, del Blanco, del Nacional o del Frente Amplio.

En esa zona también es interesante visitar el Mercado Agrícola de Montevideo. Como su nombre lo indica allí los montevideanos van a comprar frutas y verduras, aunque también hay carnicerías y pescaderías, y algún que otro local de flores y un patio de comidas.

Mercado Agrícola de Montevideo
El Mercado Agrícola es limpio, luminoso y da ganas de comprar todo.

Es un edificio que vale la pena fotografiar, un espacio para experimentar aromas y sabores -nosotros nos animamos al helado de mate y de albahaca-, y un lugar que articula la gastronomía con la expresión artística porque está preparado para la presentación de bandas, murgas y exposiciones. En definitiva es un espacio -turístico, sí-  donde se vive la cultura montevideana.

Helados en el Mercado Agrícola de Montevideo
Gustos demasiado exóticos para nuestros paladares.

Otros puntos que recorrimos por el Centro fue el Complejo Torre de las Telecomunicaciones, un predio de edificios y parques que tiene la propuesta de integrar la tecnologías, el arte y patrimonio histórico, porque está en una zona portuaria que identifica mucho a la ciudad.

A unos pasos nomás, está la estación de tren a la que fuimos solo porque Camila es fanática de las estaciones antiguas y del tren en sí mismo como medio de transporte público. En este caso, de la vieja estación de tren quedan solamente los galpones, pero el tren que funciona actualmente parece que lo hace desde hace más de 50 años. Así que fue como estar en una antigua estación en funcionamiento. Las paradojas de una capital como Montevideo.

Vagón de Tren en Montevideo
El tren de Bicentenario (2011) parece que en realidad tiene como 200 años.

La rambla

Para un porteño y para una bonaerense es extraño pensar que el Río de la Plata puede tener tanto protagonismo en la identidad de una ciudad. Por lo menos en Bs.As. no lo tiene.

Si hay algo que nos llevamos grabado de Montevideo son los atardeceres sobre el río -más azul que marrón-, los parques de la costanera y la gente disfrutando en ese entorno. Nuestra visita fue a comienzos del otoño y el clima ya no invitaba a meterse en el agua, pero no costaba mucho imaginar las playas llenas de familias y grupos de amigos.

En nuestras charlas sobre la costanera intentamos imaginarnos una Bs.As. de cara al río. Nos costó mucho. Allá la manera más fácil de ver el Río es desde un helicóptero.

La rambla que nosotros caminamos fue la de los barrios de Pocitos, Punta Carretas y Parque Rodó. Nos dedicamos a sentarnos a mirar el río y el sol escondiéndose en el horizonte -ya sabemos que es el efecto visual, pero queda bien decirlo así-. La gente local hace más o menos lo mismo, aunque muchos lo hacen caminando, corriendo, andando en bici, patinando, paseando a los perros o hasta parapente a motor.

Rio de la plata en la costa de Montevideo
Así esperábamos que cayera el sol sobre el Río de la Plata.

No se puede negar que el mate está incorporado a la cotidianeidad uruguaya – y mucho más que en Argentina, en términos generales-. Lo veníamos sospechando desde Carmelo y Colonia,  y lo terminamos de confirmar en la capital. En Argentina se toma mucho mate. En la ciudad: en las oficinas, en las plazas, cuando te juntas con amigos, al estudiar, en los pasillos y aulas de la facultad. En los pueblos: en las plazas, en las veredas, en los patios, bajo un árbol. Y en muchas, en muchísimas situaciones más.

Pero en Uruguay es simplemente a toda hora y en todo momento. Hasta los motociclistas cuando –con suerte- esperan un semáforo. Obviamente, los montevideanos cuando caminan por la rambla esperando el atardecer van con el mate en mano y el termo bajo el brazo.

A la distancia, tenemos que reconocer que nuestro paso por Montevideo fue breve, quizá más corto de lo que en realidad se merece. No hay excusas. No vale decir que la cantidad de días que la visitamos es proporcional a la cantidad de gente que vive en Uruguay ni a los kilómetros cuadrados que abarca la ciudad. Lo caro que nos resultaba y no haber conseguido hospedarnos a través de Couchsurfing nos hizo apurar el paso.

Nos quedó pendiente conocer el Fuerte, el barrio el Prado, las ferias que abren el fin de semana, el estadio Centenario, entre otras cosas que aparecen en los mapas turísticos de la ciudad. Pero sabemos que, si alguna vez volvemos a vivir en Bs.As., es cuestión de cruzar el charco para volver a mirar al Río de la Plata de frente.

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Acerca de Trayectorias

Somos Marian y Camu, novios, pareja, concubinos, convivientes y compañeros, entre otros rótulos que tenemos acumulados. Hace un tiempo estrenamos uno nuevo, el de viajeros. Luego de varios años juntos decidimos salir a emprender un estilo de vida en permanente movimiento.

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