Un pueblo llamado Lençóis

La primera impresión fue de sorpresa. No nos imaginábamos que Lençóis era así. ¿Así cómo? Con calles empedradas, arquitectura colonial, paredes de colores, techos con tejas a dos aguas, calles en subida y bajada, un río que lo atraviesa, sierras que lo rodean.  Por si fuera poco, está en pleno Parque Nacional Chapada Diamantina

Sí, un poco empalaga. ¿Pero a quién no le gusta un poco esa sensación?

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Divino. Como de cuento.

Es un pueblo típico pueblo pintoresco, sobre todo –como todos- en las cuadras del pequeño centro histórico. Mucho más turístico de lo que nos imaginábamos y –por suerte-menos abarrotado de gente de lo que podría esperarse de un pueblo así.

Y también más accesible, en términos económicos, de lo que pensamos a los cinco minutos de haber llegado.

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La parte residencial.

Como todos los pueblos, Lençóis tiene una rutina estructurada. El calendario semanal de Lençóis es más o menos así:

  •         El viernes, agita.
  •         El sábado, descontrola.
  •         El domingo, muere.
  •         El lunes, descansa
  •         El martes, revive.
  •         El miércoles, despierta
  •         El jueves… el jueves, todo vuelve a arrancar.    
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Más perfecto no puede ser.

El centro de Lençóis es de dos cuadras por cuatro. A la tardecita se hace peatonal y los restaurantes toman la calle –que es de dos metros de ancho- por lo que caminar se hace bastante complicado. Justamente son esos barcitos y lugares de comida los responsables de que siempre haya música de fondo con algún artista cantando en vivo. Y casi que es un espectáculo gratuito para los que nos conformamos con caminar.

Los pizarrones muestran una oferta gastronómica variada con precios para solo aptos para los que van de vacaciones. También hay puestos callejeros más baratos –aunque en la periferia de las dos cuadras por cuatro- y dos o tres mercaditos que tienen lo básico y con muy poca inflación de precios por estar en el medio de la nada.

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Onda turística.

Los hospedajes están dispersos. Hacia las afueras del pueblo, los más caros, con más servicios, más servicios, estacionamiento para los que van con auto o lo alquilan. Ahí no estábamos nosotros. En el centro histórico hay diversidad: los hostels, las posadas más sencillas, algún hotel.

Nosotros nos quedamos en lo que para nosotros fue el lugar ideal. A tres cuadras del centro histórico, cruzando un puente y como en una especie de lomada.

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Una leve subida hacia nuestro hogar.

Cuando llegamos a Lençóis –después de haber hecho el viaje a dedo más largo y caro de nuestros viaje– estuvimos esperando dos horas en el intento de terminal del pueblo. Muertos de calor y de hambre, no nos queríamos mover porque habíamos arreglados con nuestra anfitriona de Couchsurfing encontrarnos ahí.  

A las cuatro de la tarde no teníamos hospedaje pero al día siguiente teníamos organizado hacer el primer tour con la Agencia de Turismo CIRTUR para recorrer la Chapada Diamantina. Así que teníamos que resolver si o si dónde dormir para pasarles una dirección dónde pasarnos a buscar al día siguiente.

¿Qué hicimos? Nos animamos a ir a buscar un lugar para dormir a cambio de nuestro trabajo. En realidad fue Mariano el que se animó y yo me quedé custodiando las mochilas.  A los 5 cinco minutos apareció con una sonrisa y todo transpirado después de haber subido esa lomada. La primera posada a la que le propuso hacer un intercambio con nosotros, aceptó.

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Nuestro hogar.

En la Pousada Natureza nos sentimos como en casa. Cada tarde sentíamos un olorcito diferente de los bizcochuelos para el día siguiente. Coincidimos varias mañanas con una chica de Guayana Francesa con la que conversábamos acerca del itinerario de cada día en la chapada. Obviamente también le pedimos su contacto para cuando estemos allá.   

La posada está lo suficientemente cerca para llegar caminando en siete minutos y lo suficientemente alejada para dormir y despertarse en silencio. Los fines de semana Lençóis se pone movido. Y nosotros, dos amargos  que después de las 12 solo quieren dormir, valoramos mucho la tranquilidad.

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La oficina living de nuestro hogar.

De Lençóis conocimos principalmente sus tardes. Al volver de cada tour, pasábamos por la Agencia, contestábamos la encuesta de satisfacción e íbamos al local de açaí que estaba casi al frente; el único de Lençóis. Esa fue nuestra rutina de una semana.

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¡Qué rico!

Después pasábamos por alguno de los tres mercados (o por los tres) en busca de algo para cenar: verduras y legumbres para hacer alguna ensalada. Esa es la contra de vivir en posadas: no tener dónde cocinar. Pero como los almuerzos estaban incluidos en los tour, no nos hicimos mucho problema. Y encima la última noche volvimos a comer pasta caseras gracias al restaurante A Doce Vida.

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¡Listos para comer pastas!

En Lençóis hay lugar para todos: para los brasileños que van de vacaciones a la Chapada, para los que están viajando por el nordeste brasileño y se desvían desde Salvador de Bahía, para los que les gusta el trekking, para los que les gusta vender artesanías, para los que van en carpa, para los artistas callejeros, para nosotros y, por supuesto, para los que son de ahí y te reciben con la mejor buena onda.

Definitivamente, Lençóis está lleno de turistas pero más lleno de locales. Los guías son locales, los dueños de las posadas son locales, quienes tienen las agencias son locales. Por eso el pueblo tiene un aire tan especial. Porque a pesar de estar de paso y albergar a mucha gente que está de visita fundamentalmente es un pueblo para vivir.    

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Una iglesia sencilla para lo que estamos acostumbrados en Brasil.

Llegamos a Lençóis para recorrer la Chapada Diamantina sin esperar nada del pueblo en sí porque las expectativas estaban en puestas en los atractivos naturales. Sin embargo, Lencois no solo es el complemento perfecto a la chapada sino también un pueblo para simplemente estar.

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El pueblo desde la posada.

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Acerca de Trayectorias

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