El día que renuncié a ser empleada pública para viajar por el mundo

El día que renuncié a ser empleada pública para viajar por el mundo llegué temprano a la oficina, marqué la última cruz en el calendario que había pegado en la pared, vacié los cajones, puse en un USB archivos personales que tenía en la computadora, me despedí de mis compañeros y amigos e imprimí mi huella digital por última vez en el aparatito que controlaba mi asistencia y puntualidad.

El último día…

Ese 20 de febrero de 2015 estaba renunciando a…

un sueldo fijo el primer día de cada mes

la actualización anual por inflación de mi salario

un aguinaldo en junio y a fin de año

una jornada laboral de ocho horas de lunes a viernes

tener día libre todos los feriados

la antigüedad de ocho años

una oficina con aire acondicionado en verano y calefacción en invierno

descuentos en la aerolínea nacional

beneficios con las tarjetas de créditos

vacaciones pagas todos los años

juntar aportes jubilatorios para dentro de 30 años

y una obra social con todo pago (incluso la posibilidad de una cirugía plástica que nunca usé)

Chau chau adiós

Renunciaba a mi “zona de confort”: la zona segura, conocida, sin sorpresas. Incluso todo eso que no me gustaba y de lo que me quejaba (bastante) formaba parte de esa zona, sencillamente porque estaba dentro de lo esperable.

El jefe que se pensaba que era la personas más importante de la tierra y que te exigía que corras a su oficina cuando te llamaba,

las condiciones edilicias y herramientas de trabajo que estaban por debajo del estándar,

no tenía un lugar para almorzar y hacer una digestión normal, 

siempre había alguien que ganaba más que -aunque “no se lo mereciera”-, 

las autoridades solían abusar de la buena predisposición y compromiso de los empleados rasos, y cada cambio de Gobierno era una incertidumbre.

Podría haber sido el trabajo de toda mi vida. Pero a los 30 años solo sabía lo que quería hacer los siguientes 12 meses: viajar por el mundo (ahora apenas se lo que quiero hacer la semana que viene).

En Argentina, trabajar para el Estado es algo así como sacarse la lotería. Y renunciar a ser empleado público, sería como no aceptar el premio. Si no hubiese sido porque me surgieron unas ganas incontenibles de viajar, conocer y descubrir no habría renunciado a ser empleada pública. Quizá pedir un cambio de sector (como lo hice alguna vez) o un traslado a otro Ministerio para renovar energías; pero renunciar, jamás.

¿Por qué renunciar a toda esa seguridad?

En Argentina (y en muchos otros países por los que viaje en estos dos años), los empleados públicos no tenemos buena fama. El estereotipo de la empleada -no es lo mismo ser una mujer- pública es algo así:

más de 40 años de edad y 15 de antigüedad

despeinada o muy peinada tipo bailarina de ballet (depende si trabaja atendiendo al público o en el archivo)

con sobrepeso, la ropa rota y de mala calidad. si es uniforme, descolorido.

mal humor y mal trato

y, fundamentalmente, ineficiencia y lentitud.

Un poco es responsabilidad de un tal Antonio Gasalla y su personaje cómico de Flora, la empleada pública. Otro poco es responsabilidad de todos los que hacen mal su trabajo (al igual que en otros rubros y ámbitos de la vida). Estoy segura de que, como todos los prejuicios, este estereotipo está basado en el desconocimiento, la soberbia, la envidia, la ignorancia, la poca empatía.

Las empleadas públicas: Flora (Antonio Gasalla) y Marta (Norma Pons). FOTO: www.ratingcero.com

Hablo en primera persona. En esos ocho años trabajé siempre haciendo lo que me gustaba y aquello para lo que estaba capacitada. No hubo un solo día en que no aprendí. Algunas veces desde lo estrictamente profesional y otras a nivel personal, como compañera y colega. Tuve los mejores compañeros de trabajo: generosos, divertidos, capacitados, comprometidos,  inteligentes,  colaboradores, empáticos, comprensivos. (También tuve de los otros tipos de compañeros, de los que también aprendí un montón de cosas…). Influí positivamente en la vida de un montón de personas de todo el país haciendo mi trabajo.

Y, encima, fue un trabajo que me permitió estudiar y ahorrar dinero: primero para irme de vacaciones, después para mudarnos con Marian, más adelante para comprar un auto y, antes de renunciar, para juntar la plata necesaria para comenzar a viajar. (En ese momento escribí “El primer paso de un viaje de mil millas)

¿Por qué renunciar a un trabajo en el que te respetan tus derechos?

Solo porque quería cambiar de estilo de vida: otra manera de sostenerse económicamente, otras rutinas, otra gente, otros idiomas, otros paisajes, otras comidas, otros aprendizajes, otras preguntas y otras respuestas.

Seguramente hubiese sido más fácil renunciar en otro contexto laboral, a un trabajo opresor, con malas condiciones, sin derechos; pero amaba mi trabajo, me sentía plena, útil, donde mis opiniones eran tenidas en cuenta (no siempre, obvio) pero… el deseo de desafiarme fue más intenso.

Ese día renuncié a un montón de seguridades pero al mismo tiempo gané

el poder elegir cómo, cuándo y dónde trabajar

la posibilidad de expandir las oportunidades laborales a otras fronteras políticas y culturales

la oportunidad de conocer personas muy diferentes y tan enriquecedoras como lo fueron mis compañeros

y experimentar nuevos trabajos y modos de trabajar a los que antes les habría dicho que no

más confianza en mis habilidades

que todos los días sean distintos

descubrir otras capacidades

desarrollar mi creatividad

una vida más austera.

Mi oficina itinerante.

El día que decidí renunciar a ser empleada pública para viajar por el mundo fue el día que renuncié al miedo de no creer en mí.

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Acerca de Trayectorias

Somos Marian y Camu, novios, pareja, concubinos, convivientes y compañeros, entre otros rótulos que tenemos acumulados. Hace un tiempo estrenamos uno nuevo, el de viajeros. Luego de varios años juntos decidimos salir a emprender un estilo de vida en permanente movimiento.

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